El bálsamo de la compasión

By 7 marzo, 2026Sin categoría
compasion
¿Por qué es importante hablar de la compasión?

 

Por el presente que habitamos, que parece dejar cada vez menos espacio para sentir al otro y sentir con el otro.
Porque todas las personas merecen ser vistas, apoyadas, acompañadas, comprendidas con humildad y sinceridad, reconocidas y aceptadas tanto en sus semejanzas como en sus diferencias.
Porque todos en este mundo merecemos ser tratados con respeto y compasión. Empezando por nosotros mismos y a partir de ahí, buscando ver reflejos tanto de nuestra fuerza como de nuestra vulnerabilidad en el espejo y en nuestro encuentro con los demás.

 

‘Todo en la naturaleza crece y lucha a su manera, estableciendo su propia identidad, insistiendo en ella a toda costa, contra toda resistencia.’
Rainer Maria Rikle, poeta

 

Las cinco compasiones 
 

El neurocirujano James Doty dirige el Centro para la Investigación y la Educación sobre Compasión y Altruismo de la Universidad de Stanford. «Hay un subconjunto de personas que creen que la compasión no merece un estudio científico —afirmó durante una charla pública en el centro de retiro Multiversity, en California. Sin embargo, la ciencia que tenemos hoy demuestra que las prácticas de atención plena, autocompasión y compasión son algunas de las más poderosas que existen para modificar la fisiología y beneficiarse en términos de salud mental y física, y de longevidad».

 

La compasión, como bálsamo, no se limita al ámbito individual. Si soñamos con un mundo más saludable y menos fracturado, tendremos que canalizar y amplificar el poder curativo de la compasión. En el trabajo con pacientes y en la formación de terapeutas, Gabor Maté distingue cinco niveles de compasión que se establecen y se refuerzan entre sí, sin ninguna jerarquía. Juntos alientan, guían y orientan en el camino hacia la integridad.

 

Como escribió el dramaturgo (y médico) Antón Chéjov: «Es la compasión lo que nos saca del entumecimiento y nos empuja hacia la sanación».

 

Las cinco compasiones

 

1. La compasión humana común

 

En este texto se emplea la palabra compasión en su sentido etimológico: procede del griego a través del latín y significa «sufrir juntos». Experimentemos o no el dolor de otra persona vívidamente, la compasión básica consiste en la capacidad de acompañar en el sufrimiento. También significa conmoverse por la consciencia de que alguien está pasándolo mal y no registrarlo como un hecho neutro. La compasión interpersonal implica necesariamente empatía, la capacidad de captar los sentimientos del otro y de sentirse identificado. Nuestra experiencia puede fluctuar según a quién tengamos delante y según cómo nos sintamos en ese momento. Ciertamente, esta capacidad puede desgastarse o agotarse, como sabrá cualquier persona que haya experimentado la «fatiga de la compasión» en relación a ciertos tipos de trabajos. Pero, casi todos la recuperamos en cuanto obtenemos el descanso y la recarga que necesitamos. Su ausencia en cualquier persona, habitual en sociópatas y psicópatas, siempre es un marcador de una herida en el alma o, en palabras de A. H. Almaas, un signo de «supresión del dolor». Cuando observamos esa carencia de empatía en nosotros mismos, en vez de juzgarnos (lo que en sí mismo es una falta de compasión) podemos preguntarnos qué dolor no hemos sentido y metabolizado aún completamente. Podemos aprender mucho sobre nuestra propia historia de heridas emocionales observando en qué situaciones y hacia quiénes, nuestro corazón, naturalmente abierto y blando, tiende a endurecerse y a cerrarse. La compasión no es lo mismo que la lástima. Mientras que la compasión guía las mejores políticas sociales, la lástima no empodera a nadie. Para que alguien me dé lástima o pena tengo que empezar por colocarnos a ambos en estratos desiguales, y contemplar su desgracia desde un punto elevado imaginario. Incluso si en el mundo existe una verdadera diferencia de poder entre nosotros —digamos que derivada de una jerarquía racial o económica—, considerar esto un hecho esencial y permanente sobre nosotros no nos hace ningún favor. La autocompasión, igualmente necesaria, también tiene su análogo malsano: «revolcarse en la autocompasión» transmite la cómoda pero turbia trampa de sentir pena por uno mismo de manera permanente. Alguien que siente lástima de sí mismo encuentra una especie de consuelo en verse como un personaje desafortunado, maltratado por el destino. Esa actitud socava la sanación al reforzar las historias que nos mantienen instalados en un mundo de dolor y eso no nos mueve a asumir la responsabilidad por nuestro propio punto de vista. La autocompasión, por el contrario, no se resiste a la forma en que son las cosas ni envuelve el dolor en capas de gasa narrativa. Cuando existe autocompasión, simplemente podemos decir: «Me duele».

 

2. La compasión de la curiosidad y la comprensión

 

La segunda compasión se basa, ante todo, en el principio de que todo existe por un motivo y que ese motivo importa. Nos preguntamos, sin juzgar, por qué una persona o un grupo —cualquier persona, cualquier grupo— acabó siendo como es y actuando como actúa, incluso (y sobre todo) cuando eso nos molesta o nos desconcierta. También podríamos llamarla «compasión del contexto». Por muy sincero que sea nuestro deseo de ayudarnos o de ayudar a alguien, para poder hacer eso debemos mirar a la cara el sufrimiento que se está experimentando, qué es lo que ocurre, interesarnos en conocer su origen lo mejor que podamos. No basta, por ejemplo, con sentirse mal por las personas atrapadas en las espirales de la adicción sin tratar de comprender de qué dolor vital se han visto obligadas a escapar y cómo se mantuvo abierta esa herida hasta hoy. En ausencia de una visión clara del contexto solo queda, en el mejor de los casos, albergar buenos deseos e intervenir de forma bienintencionada pero, en última instancia, ineficaz. Vemos esta limitación en los inadecuados enfoques del tratamiento de la adicción que se estilan actualmente. La voluntad de buscar el porqué antes de saltar al cómo es el objetivo de la compasión de la curiosidad y la comprensión. Aunque es necesaria en todos los casos de sufrimiento crónico, sea en el ámbito personal o en el social, puede ser muy difícil en la práctica. En la sociedad actual tendemos a optar por ‘explicaciones sencillas, juicios rápidos y soluciones automáticas’. Para buscar con la mirada abierta las raíces sistémicas y profundas de por qué las cosas son como son hacen falta paciencia, curiosidad y fortaleza. El académico Jesse Thistle escribió sus memorias de infancia y juventud, su espiral hacia la adicción y el delito y su recuperación final, un libro impregnado precisamente de esta clase de compasión profunda. «Escribí ‘From the ashes’ —dijo Jesse— sobre todo para que la gente pudiera presenciar lo que nos pasó a mis hermanos y a mí en nuestra familia. En cierto modo, intentaba reivindicar a mi familia y hacer que la gente entendiera. Con la historia de mi sanación, estoy ayudando a “rerrecordar”. No solo a recordar en el sentido de guardar un recuerdo, sino a recordar de nuevo, a volver a armar esa historia que ha sido desmantelada por el Estado y olvidada». Al narrar los sucesos de su vida, Thistle, junto con otros escritores y artistas indígenas de Canadá, recupera y crea un contexto compasivo para los suyos —tanto en el sentido personal como familiar y nacional—en el que existir y permitirse ser vistos por el mundo y por sí mismos con compasión y autenticidad.

 

3. La compasión del reconocimiento

 

Bruce, un cirujano vascular de Oregon, fue detenido por falsificar recetas de medicamentos debido a su adicción a los opiáceos. Por humillante que fuera la experiencia, él la ve con gratitud porque le abrió los ojos y le cambió la vida. «Si las cosas no hubieran sucedido tal y como sucedieron —dijo—, todo habría seguido igual: ese personaje inconsciente, técnicamente competente pero emocionalmente anquilosado, que tanto se repite en la profesión quirúrgica». En lugar de sus antiguas formas de relacionarse, «centrándose en sí mismo», Bruce describe «una nueva actitud» caracterizada por comenzar a verse a sí mismo en los demás: “Soy un ser humano que tiene defectos, que luchó. La otra persona puede estar en esa misma categoría. A ver cómo podemos resolver juntos este problema”». Bruce es la personificación de lo que llamamos ‘la compasión del reconocimiento’, que nos permite percibir y apreciar que todos estamos en el mismo barco, zarandeados por tribulaciones y contradicciones similares. Mientras no reconozcamos lo que tenemos en común, nos provocaremos más y más aflicción y se la provocaremos también a los demás: a nosotros mismos porque nos distanciamos más de nuestra humanidad y quedamos atrapados en los tensos estados fisiológicos del juicio y la resistencia; a los demás porque desencadenamos su vergüenza e incrementamos el aislamiento. La próxima vez que tengan la impresión de estar juzgando intensamente a alguien, presten atención a los estados de su cuerpo: las sensaciones en el pecho, el estómago, la garganta. ¿Son agradables? Probablemente no, y tampoco sanas. La lección no es que no debemos juzgar, ya que no somos nosotros quienes lo estamos haciendo, sino nuestra mente en modo automático. Juzgarse a uno mismo por estar juzgando a los demás es girar la rueda de la vergüenza. Mientras juzgamos tenemos la oportunidad de indagar en el estado de la mente y el cuerpo con curiosidad compasiva. La sanación fluye cuando somos capaces de ver este mundo herido como un espejo de nuestro dolor y permitir que otras personas también se vean reflejadas en nosotros: el mutuo reconocimiento allana el camino para la reconexión.

 

4. La compasión de la verdad

 

Quizá creamos que proteger a la gente de experimentar dolor es un acto de bondad. Aunque esto es cierto cuando se trata de un dolor innecesario y evitable, no tiene nada de compasivo proteger a la gente de las inevitables heridas, decepciones y reveses que la vida nos asesta a todos desde la infancia. No solo es un cometido inútil; es contraproducente e incluso puede ser inauténtico, un impulso aparentemente altruista surgido de la propia incomodidad con nuestras heridas. Sean cuales sean nuestras intenciones, no hacemos ningún favor a nadie temiendo su dolor ni colaborando en su destierro. Cuando se trabaja para sanar traumas es inevitable que aflore el dolor. Por eso, ante el dolor, todos nos dejamos llevar por la negación, la supresión, la represión, la racionalización, la justificación, la memoria difuminada y diversos grados de disociación. Cuando nos enfrentamos a todas las formas en que nos hemos entumecido, es inevitable que aflore el dolor que; de hecho, llevaba mucho tiempo esperando. Por supuesto, el miedo a estas partes exiliadas es natural. «Cuando tenemos toda una vida de emociones de las que hemos estado huyendo —escribe Helen Knott— parece que, en cuanto nos alcanzan, nos golpean en pandilla y nos dejan tirados en un callejón». Pero eso no tiene por qué ocurrir. La compasión de la verdad reconoce que el dolor no es el enemigo. El dolor es inherentemente compasivo, ya que intenta avisarnos de lo que marcha mal. Sanar, en cierto sentido, consiste en desaprender la noción de que necesitamos protegernos de nuestro dolor. En este sentido, la compasión es una puerta abierta a otra cualidad esencial: la valentía. La compasión de la verdad también reconoce que la verdad puede conducir, a corto plazo, a más dolor. Darlene, una terapeuta familiar de San José, lo descubrió nada más salir de su matrimonio disfuncional. «La comunidad de mi infancia no me comprende, no puede verme, no lo entiende —dijo—. Me parte el corazón, porque quiero que me quieran y conectar con ellos, pero sospecho que nunca podrán verme ni conectar conmigo». Que algunas relaciones no sobrevivan a la elección de la autenticidad es una de las consecuencias más angustiosas; sin embargo, en ese dolor hay libertad. Revierte y reivindica las trágicas elecciones que nos vimos obligados a hacer en sentido contrario cuando comenzamos en la vida. «Es un viaje de dejar de intentar complacer a la gente y no preocuparse ya por lo que piensen. Aún me digo a veces: “Quiero la aprobación de esa persona”. No puedo decir que lo haya dominado por completo, pero es un proceso con capas, como una cebolla: me he despojado de muchas y cada vez soy más libre en mi autenticidad. He tenido que buscar otras comunidades donde me vean y me entiendan. Ha sido un proceso doloroso, pero sé que es lo correcto». La verdad y la compasión tienen que ir de la mano en igualdad de condiciones. No somos compasivos si arrojamos verdades desagradables a la cara de otra persona, tal vez justificándonos con el argumento «¡Solo estoy siendo sincero!». «Es necesario que la compasión esté presente para que las personas se permitan la verdad». Sin seguridad, la verdad no puede hacer su trabajo de sanación.

 

5. La compasión de la posibilidad

 

 
Nadie consta únicamente de la personalidad condicionada que presenta al mundo, las emociones reprimidas o libres que manifiesta y los comportamientos que exhibe. Comprender esto permite lo que llamamos la ‘compasión de la posibilidad’. No nos referimos a la posibilidad en el sentido hipotético de las conjeturas sobre el futuro, de «quizá algún día…», sino como una característica inherente presente, viva, disponible. La posibilidad está relacionada con muchas de las mayores cualidades de la humanidad, como es el sentido de la maravilla, el asombro, el misterio y la imaginación, que nos permiten seguir conectados con lo que no podemos demostrar necesariamente. Depende de nosotros fomentar esta relación, porque el mundo cotidiano no siempre proporcionará pruebas fehacientes ni tranquilizadoras. Este aspecto más profundo de la compasión reconoce que lo aparentemente imposible solo lo parece, y que aquello que más necesitamos y anhelamos puede convertirse en realidad en cualquier momento. Mantenerse abierto ‘a la posibilidad’ no requiere resultados instantáneos. Significa saber que hay más en todos nosotros, en el sentido más positivo, de lo que se aprecia a simple vista. Lo mismo se puede decir de lo que parezca más real, sólido o incorregible en nosotros o en los demás. La ‘compasión de la posibilidad’ es una puerta que mantenemos abierta para poder ver venir y albergar esa victoria que anhelamos. Si no nos confundiésemos ni confundiésemos a los demás con las características de personalidad y los rasgos de comportamiento, «buenos» o «malos» que muestran en apariencia; si pudiéramos sentir en cada persona el potencial de integridad , esa ‘posibilidad’ que nunca se pierde, sería, para todos nosotros, una experiencia digna de saborear.

 

Gabor Maté

 

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