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Linda Silverman: La arquitecta de la disincronía en la educación · altas capacidades y doble excepcionalidad

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Linda Kreger Silverman transformó el campo de la educación para las altas capacidades y la doble excepcionalidad al nombrar lo que muchos educadores y familias observaban pero no conseguían explicar: los niños y las niñas con altas capacidades no se desarrollan de manera sincronizada. Su crecimiento es desigual: pueden ser brillantes en algunas áreas y, a su vez, vulnerables y turbulentos en otras. Linda Silverman lo denominó ‘desarrollo asincrónico’, un marco conceptual que marcó un antes y un después en la comprensión de la capacidad y el potencial humano (Silverman, 1997).

Donde otros veían contradicciones  —razonamiento avanzado combinado con vulnerabilidad emocional; alta capacidad verbal junto a dificultades en las funciones ejecutivas—, Silverman vio un patrón de desarrollo. Su trabajo ofreció un lenguaje y un camino para entender comportamientos que durante mucho tiempo se habían malinterpretado como inmadurez, rebeldía o una volatilidad inexplicable.

La disincronía, argumentó, no es una desviación del desarrollo. Se trata de una amplificación de la variabilidad singular y específica de cada dominio y está presente en todos y en cada niño. Este punto se ve respaldado por la ciencia del desarrollo contemporánea y reflejado en la bibliografía específica.

Un marco conceptual adelantado a su tiempo
La definición de disincronía de Silverman de 1997 —’el desarrollo desigual de las capacidades cognitivas, emocionales y físicas’— se convirtió en la base conceptual de la comprensión moderna de las altas capacidades así como de los perfiles de doble excepcionalidad. Su modelo se alineó intuitivamente con las teorías del desarrollo que surgían en ese momento. El modelo ecológico de Bronfenbrenner enfatizó que el desarrollo está ligado y condicionado por el contexto y es relacional; no lineal (Bronfenbrenner y Morris, 2006). La neurociencia demostró que el cerebro madura de forma asincrónica, con las regiones sensoriales desarrollándose años antes que los sistemas que regulan las funciones ejecutivas (Giedd et al., 1999).

Silverman reconoció estas discrepancias mucho antes de que se generalizara el consenso. Su intuición radicaba en que los niños y las niñas de altas capacidades experimentan estas brechas con mayor intensidad porque su cognición avanzada los reta impulsándolos a contextos que superan su madurez socioemocional. Como resultado, sus vulnerabilidades suelen amplificarse, malinterpretarse y comprenderse erróneamente.

Esta interpretación coincide con la perspectiva del modelo de Spiral We, según la cual el comportamiento refleja la fase de desarrollo; no el carácter ni la fuerza de voluntad. La experiencia docente señala que las discrepancias en el desarrollo (más que la mala conducta) suelen ser la causa mayoritaria de los conflictos en el aula.

El marco teórico de Silverman situó estas tensiones, discrepancias y disincronías en el eje mismo de la mente y la conducta de las personas con altas capacidades; no ya en los márgenes. El desarrollo asincrónico es nuclear, normal, típico; constituye la esencia misma de la superdotación. No es su consecuencia ni mucho menos un efecto o ‘daño colateral’.

Las altas capacidades · Una experiencia interna
A diferencia de los primeros teóricos de las altas capacidades (que la consideraban un rasgo mesurable) Linda Silverman enfatizó las dimensiones experienciales de la inteligencia: intensidad, sensibilidad, profundidad emocional y conciencia existencial. Apoyándose en la Teoría de la Desintegración Positiva de Dabrowski, describió a los niños y niñas con altas capacidades no ya como a alumnos de alto potencial o rendimiento, sino, fundamentalmente, como intensos procesadores del mundo circundante, como a personas que, muy a menudo, lidian con emociones y percepciones que van mucho más allá de las que por su edad cronológica son capaces de asumir y gestionar (Mendaglio y Tillier, 2006; Piechowski, 2014).

Este cambio alejó el campo de investigación y conocimiento sobre las altas capacidades de un modelo centrado en el rendimiento para acercarlo a un enfoque evolutivo-ambiental que interpreta los rasgos en distintos contextos y enfatiza el impacto en el desarrollo que tiene el componente relacional.

Silverman contribuyó a comprender que un niño no puede fragmentarse ni subdividirse en ‘fortalezas propias de las altas capacidades’ y ‘conductas problemáticas’. Estas son expresiones interrelacionadas de una misma disincronía evolutiva subyacente.

El nacimiento de la doble excepcionalidad
Silverman fue una figura fundamental en la construcción del concepto de ‘doble excepcionalidad’, reconociendo que una persona con altas capacidades puede experimentar simultáneamente dificultades de aprendizaje, TDAH, autismo y/o particularidades en el procesamiento sensorial. Mucho antes de que fuera ampliamente aceptado, afirmó que la superdotación no anulaba automáticamente la posibilidad de padecer un trastorno, aunque a menudo lo enmascarara. Las más diversas condiciones de neurodesarrollo coexisten, se complementan y se influyen mutuamente.

Su trabajo fue crucial para desmantelar el mito de que los alumnos de altas capacidades debían sobresalir de forma homogénea en todos los ámbitos. La investigación actual sobre rasgos subumbrales o subclínicos —rasgos que afectan significativamente el funcionamiento aunque sin alcanzar los umbrales diagnósticos— refuerza esta visión (Constantino y Todd, 2005; Faraone et al., 2006).

Los escritos de Silverman permitieron reconocer perfiles que desafían la rigidez habitual en la identificación y que constituyen la esencia misma de la doble excepcionalidad.

Silverman proporcionó la base conceptual que establece:

• La disincronía como el patrón de desarrollo habitual en los alumnos de altas capacidades y doble excepcionalidad.

• La complejidad por encima de la linealidad: el desarrollo se produce de manera desigual y heterogénea.

• La emoción, la cognición y la sensibilidad como rasgos interconectados, no como entidades aisladas.

• La necesidad de una interpretación ambiental y relacional, en consonancia con el sistema planteado por Bronfenbrenner.

Por qué Silverman sigue siendo la principal referente en este campo
Linda Silverman hizo mucho más que identificar un concepto. Fue capaz de comprender y explicar la realidad de miles de niñas y niños en todo el mundo: aquellos cuyo brillo coexiste con su vulnerabilidad, cuyo perfil heterogéneo confunde a los adultos, cuyo paisaje emocional revela la inmensa complejidad del desarrollo humano.

Su aporte y su legado no solo son teóricos. Son profundamente humanos.

Todos los modelos contemporáneos de educación para alumnado de altas capacidades parten de esta máxima:
‘Veamos al niño, a la niña. Veámoslo en su totalidad. No el comportamiento. No el rendimiento. No la dificultad. No la contradicción.’

La diferencia no es un defecto
Pareciera que la escuela se ha organizado en torno a la búsqueda, detección y solución de errores y defectos. Se evalúa a los estudiantes según unas expectativas asociadas a su desarrollo, estándares para cada edad y curso, normas de comportamiento y ritmos estandarizados. Los sistemas de apoyo suelen aparecer (si aparecen) cuando un estudiante pareciera que no puede hacer algo que debería poder hacer, cuando da la impresión de que se está quedando atrás o según cuánto se aleje del ‘perfil de desarrollo esperado’.

Incluso cuando estos sistemas tienen las mejores intenciones, consiguen, sin quererlo, simplificar enormemente la variabilidad humana, convirtiéndola en algo que ‘debe corregirse’.

La introducción del término ‘neurodiversidad’ por parte de Judy Singer contribuyó a cambiar parte de este debate al proponer que las diferencias neurológicas forman parte de la variación humana normal y natural, en lugar de evidenciar un fallo o una patología (Singer, 1998). Su trabajo no argumentaba que las dificultades desaparecieran ni, por supuesto, que el apoyo fuera innecesario; cuestionaba el supuesto de que la diferencia en sí misma deba interpretarse automáticamente como un defecto a corregir.

Esa distinción es mucho más importante de lo que parece a simple vista.

Cuando los educadores dejan de preguntarse: «¿Qué problema tiene este alumno?» y empiezan a cuestionarse: “¿Qué realidad evolutiva, sensorial, emocional, familiar o social puede estar experimentando este alumno?”

Entonces el aula comienza a transformarse. La interpretación cambia y eso modifica las dinámicas relacionales. En muchos casos, el alumno también cambia, no porque su comportamiento se haya ‘corregido’, sino porque finalmente se siente visto y comprendido.

Parte de la dificultad radica en que las escuelas suelen asumir que el desarrollo debería ser homogéneo. Se espera que un alumno con un vocabulario complejo que razona de forma abstracta muestre también regulación emocional, disciplina organizativa, fluidez en el cálculo y madurez social a unos niveles equivalentes. Cuando en estos ámbitos el desarrollo es asincrónico, los adultos suelen percibir al estudiante como contradictorio o problemático.

Sin embargo, la heterogeneidad en el desarrollo no es inusual sino más bien la norma. La investigación sobre el desarrollo asincrónico ha documentado, desde hace ya tiempo, que el desarrollo cognitivo, emocional, sensorial y social se produce, con mucha frecuencia, a ritmos diferentes (Silverman, 1997). El neurodesarrollo en sí mismo es asincrónico y depende del contexto. No existe tal cosa como la ‘perfecta sincronización’ entre las distintas facetas del desarrollo (Giedd et al., 1999).

Cuanto más de cerca y más profundamente; cuanto más abiertamente observen los educadores la compleja y polifacética realidad de sus alumnos, más difícil les resultará seguir sosteniendo interpretaciones simplistas y fragmentadas sobre la inteligencia, la motivación, la capacidad, el comportamiento y el desarrollo. Una mirada abierta, sensible y holística facilitará la detección de las necesidades y la atención de las mismas de la manera más adecuada en cada caso.

Artículo original: Linda Silverman: The Architect of Asynchrony in Gifted and 2e Education

Dra. Karen Arnstein · Dr. Barry Gelston · Spiral We
4 de diciembre de 2025

Traducción: Carolina Borgesi · Asociación Altas Capacidades Pitágoras

Referencias

Amend, E. R. (2021). Misdiagnosis and Dual Diagnoses of Gifted Children and Adults. Great Potential Press.
Bronfenbrenner, U., & Morris, P. A. (2006). The bioecological model of human development. Handbook of Child Psychology.

CAST. (2018). Universal Design for Learning Guidelines version 2.2.

Constantino, J. N., & Todd, R. D. (2005). Intergenerational transmission of subthreshold autistic traits. Archives of General Psychiatry, 62(11), 1296–1303.

Dabrowski, K. (1964). Positive Disintegration. Little, Brown & Co.

Faraone, S. V., Biederman, J., & Mick, E. (2006). The age-dependent decline of ADHD: A meta-analysis. Psychological Medicine, 36(2), 159–165.

Ford, D. Y. (2022). Recruiting and Retaining Culturally Different Students in Gifted Education.

Giedd, J. N., et al. (1999). Brain development during childhood and adolescence. Nature Neuroscience, 2(10), 861–863.

Mendaglio, S., & Tillier, W. (2006). Dabrowski’s Theory of Positive Disintegration and gifted education. Gifted Child Quarterly, 50(4), 295–304.

Piechowski, M. M. (2014). Mellow Out, They Say: If I Only Could.

Silverman, L. K. (1997). The construct of asynchronous development. Peabody Journal of Education, 72(3–4), 36–58.

Spiral We. (2024). Spiral Adaptation Lens and Ellipse Model: A Unified Framework.

No somos numeros

No somos números

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Me pregunto cómo empezar este artículo.

Me pregunto si en primera o en tercera persona.

No sé, tampoco, si elegir el plural o el singular.

¿Por qué me pasa esto? Porque necesito hablar de algo que afecta a todas las personas.
Y a los géneros y a los números (pero no somos números). Volveré sobre esta afirmación más adelante.

 

Me pasa a mí. Le pasa a él. Le pasa a ella. Nos pasa a nosotras y a nosotros.
Les pasa a ellas y a ellos. Vosotros, vosotras, ustedes. Como les quieran y prefieran llamar.
Es preocupante (y por momentos, muy duro) vernos, día tras día y de manera creciente en los últimos meses, escuchando e intentando asesorar y apoyar a familias que se enfrentan a casos de verdadera negligencia y hasta maltrato institucional por parte de algunos centros educativos y equipos de orientación.

 

El fin último de hacer públicas estas palabras es el de buscar soluciones. Dejarnos, de una buena vez, de perder el tiempo y la energía en estas luchas de egos y en enfrentamientos que nos agotan y nos desgastan y que multiplican exponencialmente el tiempo que deberíamos, urgentemente, poner en atender las necesidades y los derechos psicosociales, educativos y emocionales de los niños y las niñas.

 

Nuestros niños, niñas, adolescentes y jóvenes necesitan atención y no más peleas ni obstáculos ni luchas de egos entre privados y públicos, educadores y familias, profesionales y particulares. No olvidemos que, sea cual sea nuestra responsabilidad en el trabajo con la infancia y la juventud, sus derechos van primero y nuestro objetivo primordial debe ser su atención integral y ninguna otra cosa. Para trabajarnos el ego podemos hacer terapia, que hay muchas y cada día hay más. Para trabajarnos nuestra necesidad de llevar la razón o de ejercer autoridad también podemos explorar otras muchas actividades y contextos. Pero cuando vemos estropear los expedientes y las trayectorias escolares de niños, niñas y familias y obstaculizar la atención de sus necesidades me pregunto ¿por qué esas personas no eligieron otras profesiones?

 

El Equipo de Orientación Educativa y Psicopedagógica Específico de Altas Capacidades de la Comunidad de Madrid se creó oficialmente en 2020. Y ya en 2021 habían redactado y publicado una guía muy completa y exhaustiva con las orientaciones pormenorizadas y los pasos a seguir para la identificación del alumnado de altas capacidades intelectuales. El objetivo de esa guía es facilitar la determinación de las necesidades educativas de este alumnado para poder articular una respuesta ajustada que sea capaz de favorecer (y nunca impedir u obstaculizar) el desarrollo integral y saludable del autoconcepto, el autoestima y el potencial de cada alumna y alumno de todos los centros escolares de la Comunidad de Madrid. Estamos hablando de niños y de niñas con altas capacidades intelectuales en este caso pero, creo que esta detección de necesidades individuales de cada alumna y de cada alumno, debería ser algo aplicado a toda la población en edad escolar para no vulnerar uno de los derechos básicos e inalienables de la infancia como es el derecho a desarrollarse plena y saludablemente. La decisión en torno a la presencia de necesidades específicas de apoyo educativo, recoge la guía, debe estar coordinada en base a la obtención de un perfil general y completo de cada alumna y alumno, huyendo de la interpretación aislada de datos, puntuaciones o indicadores. La guía anima y subraya la necesidad de contemplar todos los criterios: cognitivos, creativos, estilos de aprendizaje, desarrollo evolutivo y emocional; así como la valoración del contexto personal, familiar, social y escolar. Y, posteriormente, recoge tanto las medidas para la atención de las necesidades específicas como las medidas ordinarias en caso de detección de necesidades que no lleguen a cumplir con los criterios para censar alta capacidad pero sí tal vez un alto potencial en algún ámbito. Se trata, principalmente, de eliminar las barreras que se encontraría el alumno o la alumna si no se le ofreciera el contenido ni la metodología de la manera que le resultara adecuado y favorecedor para mantener su interés y motivación por las tareas, sin las cuales se ralentizaría (hasta detenerse en ciertos casos) el proceso de aprender y de desarrollarse saludablemente.

 

Recuerdo aquí (y no es porque este tema me haga ninguna gracia) un chiste que contaba mi padre y que, además de hacernos reír a todos largamente con la cara, la boca, las cuerdas vocales, el pecho y con el resto del cuerpo y el alma, reflejaba muchas cosas.
Y nos reíamos por no llorar.

 

Cuenta la historia que un científico decidió hacer un experimento arácnido-conductual.

Cazó a una araña; le enseñó a acudir a él cuando la llamaba; y empezó su experimento:

– Araña, ven.

Y la araña fue hacia él.

Entonces cogió sus alicates y le arrancó una pata.

Volvió a dejar a la araña unos metros atrás y la llamó de nuevo:

– Araña, ven.

Y le arrancó otra pata.

Lo mismo hasta que ya solamente le quedaba una pata.

Entonces la llamó otra vez:

– Araña, ven.

La araña se arrastró como pudo hasta llegar donde estaba el científico, que le arrancó finalmente la última pata que le quedaba.

La alejó unos metros y volvió a llamarla.

La araña, ya sin patas, no pudo moverse.

Llegado a este punto, el científico abrió su bloc de notas y escribió:

«Araña sin patas: completamente sorda.»

 

¿Por qué recordé este chiste en este momento de la redacción del artículo? Porque más de una vez (y más de dos) nos encontramos con informes de evaluación psicopedagógica parciales, incompletos, negligentes, absurdos y hasta surrealistas.
¿Por qué indico al comienzo que la guía orientativa está publicada en la página web del Equipo Específico de atención a las Altas Capacidades de la Comunidad de Madrid desde 2021? Porque 5 años más tarde pareciera que hay mucha gente que se dedica a identificar a este alumnado y que tiene la potestad de firmar informes de evaluación y subirlos a las plataformas oficiales y censar a las niñas y a los niños con diagnósticos equivocados que más que ayudar, guiar, orientar y facilitar, impiden y obstaculizan la atención de las necesidades específicas que presentan y vulneran, de este modo, una lista extensa de derechos empezando por los derechos humanos, siguiendo por los derechos de la infancia y extendiendo el papiro de desatención a toda la normativa y legislación vigente en materia de atención educativa tanto nacional como autonómica.
Ante cada caso la guía tiene algo que decir.
Casos que llevan años pidiendo en el centro educativo una valoración por sospechas, por indicadores, por hermanos, por progenitores identificados, por familiares censados. Y pasan y pasan y pasan los años y el mito de que estos niños y estas niñas (como son muy inteligentes) no necesitan ayuda hace que muchas familias lleven toda la primaria esperando una evaluación que nunca llega.
Hay familias que en su hartazgo (y porque pueden permitirse acudir a un gabinete privado y pagar la evaluación) cuando llegan al colegio con un informe externo y resultados concluyentes, a la espera interminable se suma más burocracia y, en determinados casos, incluso maltrato, desconfianza, faltas de respeto e invalidaciones.
La propia guía deja constancia: El objetivo es obtener la mayor información posible para completar la evaluación y evitar utilizar las pruebas a modo de confrontación o contraste.
Hay casos en los que, aún con una prueba externa firmada por un equipo multidisciplinar de profesionales colegiados, el centro educativo se niega a validarlas, a censar, y pasa, mucho tiempo más tarde, otra prueba ‘de contraste’ con resultados negativos que echa por tierra todo el tiempo y el trabajo ajenos en detrimento de la atención de las necesidades del alumno.
Aquí hay otro punto. Puede haber falsos negativos. Pero ningún niño ni niña pueden dar percentiles por encima de 90 o 95 por suerte, por error o por casualidad. Sí puede darse el caso de que las pruebas arrojen valores muy bajos por ansiedad, desinterés, malestar, bloqueo, perfeccionismo, miedo, nerviosismo o falta de un buen clima, conexión o confianza con el evaluador. Pueden también tener un mal día, estar mal dormidos, haber suspendido un examen o haber discutido con su madre o con su mejor amigo. Pero un percentil 97 no se puede ‘sacar de la galera’ porque se tiene un buen día, se está contento o por habernos tomado una bebida energética.
Conocemos casos en los que, en lugar de un informe de evaluación psicopedagógica completo, han entregado a las familias (como para archivar el expediente y que dejaran de insistir) unas hojas de resultados de un WISC-V completo pasado en una hora y poco en una primera y única sesión y del tirón concluyendo que el alumno ‘no presentaba necesidades específicas de apoyo educativo asociadas a altas capacidades intelectuales’. Después de 4 años detrás de evaluarle y pidiendo que abrieran el protocolo. Y escuchando las negativas: ‘Pero si le va muy bien. No se ve que tenga ninguna dificultad ni necesidades desatendidas.’
Cuando no tienen que escuchar, en el lado opuesto, que es que si el niño o la niña no llegan a ‘unos mínimos’ ¿cómo les van a aplicar medidas? Si no demuestran llegar a un nivel básico y a un rendimiento académico mínimo se encuentran con el: ‘yo no veo alta capacidad por ninguna parte’. Y ese niño o esa niña no va a mostrar jamás su rendimiento y su potencial ni su capacidad en tareas repetitivas que no les motivan.

 

Aquí la guía también lo deja muy claro. Con un inciso particular para el caso de las niñas:
MOTIVACIÓN, PERSISTENCIA EN LA TAREA Y PERFIL GENERAL DE ALTA CAPACIDAD.
El análisis de los indicadores se erige a través de la información facilitada por la familia y el equipo docente. La persistencia en la tarea no implica que en el entorno escolar muestren diligencia, o que ante cualquier estímulo muestren esta persistencia, ya que es muy común en el perfil que esta persistencia se muestre solo en aquellos aspectos que despiertan su motivación y en áreas de interés. Estos indicadores ofrecen una visión amplia y global de cada individuo y se evitará, por ejemplo, reducir la mirada al criterio del elevado rendimiento académico o pasar por alto aspectos tan relevantes como el desarrollo emocional o las preferencias de aprendizaje. En algunas situaciones estos indicadores no se muestran de forma expresa, especialmente sucede en la población femenina, motivo por el que es necesario cuidar más aún, si cabe, la observación, puesto que las niñas y las  adolescentes tienden a pasar desapercibidas y a camuflar u ocultar sus capacidades.

 

Conocemos casos en los que, por ejemplo, se han pasado baterías multifactoriales completas del tipo WIPPSI, WISC o RIAS, sin un screeninig previo, en una sola sesión, una tras otra, sin descanso, del tirón o en condiciones o circunstancias que llegan a aparecer reflejadas en el propio informe y que invalidan los resultados como que el niño o la niña se mostraban distraídos, nerviosos, dispersos, ansiosos, rígidos, desconcentrados, cansados y hasta expresando malestar o sufrimiento. Pero el mismo evaluador da por válidos los resultados y, tres párrafos más abajo, concluye que no cumple los criterios de la administración para el censo y la atención de sus necesidades, sean las que sean.
Otra guía, publicada también por el equipo específico en 2023, deja muy claro que la identificación de  barreras  para  el  aprendizaje  y  la participación provocadas por condiciones personales relacionadas con la alta capacidad intelectual forma parte de la función docente, al tener el profesorado asignada la responsabilidad de la tutoría de sus alumnos, la orientación de su aprendizaje y el apoyo en su proceso educativo.  Y, por esa razón, debe  realizarse  lo  más temprano posible y en estrecha colaboración con las familias.
A su vez, la guía de 2023, informa y sensibiliza sobre la existencia de falsos estereotipos, constructos sociales y tópicos en torno a las altas capacidades que debemos evitar y olvidar para poder identificar y detectar a este alumnado y poder, de esta manera, atender a sus necesidades y derechos.
En este punto, para establecer las necesidades, enumera los pasos para la evaluación que empiezan con entrevistas con la familia, el o la tutora y pruebas de screening. Nunca se empieza por la firma de un papel y acto seguido la administración de baterías multifactoriales completas como WISC-V o RIAS en una sola primera sesión y sin descansos.
Tenemos casos en que familias, con una lista extensa de informes de atención temprana, salud mental, equipos específicos de TEA, equipo específico de alta capacidad y gabinetes externos reconocidos y especializados en superdotación, acaban con diagnósticos sesgados censados parcialmente por una necesidad pero no por la otra haciendo hincapié en una condición pero negando rotundamente otra. Ignorando y desatendiendo la realidad y las necesidades de los perfiles complejos con doble y triple excepcionalidad. Esos perfiles deben atenderse en su totalidad y no parcialmente. Sería, sino, como dar el desayuno a un niño pero no la comida principal o ponerle, en pleno invierno; un gorro, guantes y chaqueta pero olvidarse de los calcetines y los zapatos.

 

Cuando entramos en las tablas y resúmenes con la información sobre las becas NEAE llama la atención también como las altas capacidades parece que hasta los 6 años no existieran y, después de 4º de la ESO, tampoco. Como son tal listos estos peques ¡que se apañen solitos!
Muchas veces hemos llegado a creer que si el informe evalúa un perfil complejo y heterogéneo siempre es mejor concluir un trastorno o un déficit que la alta capacidad. Lo peor de todo es que puede que confluyan varias condiciones y no debemos olvidar que delante ¡tenemos a una persona! A un niño, una niña, un joven, una adolescente queriendo, simplemente, vivir.
Es cierto que las altas capacidades no generan recursos en los centros educativos. El centro educativo que tenga censado más alumnado con altas capacidades intelectuales no contará, por esa razón, con más recursos materiales, económicos o personales como sí podría solicitar en el caso de tener censado más alumnado con trastornos o déficits.
Tal vez sea este uno de los objetivos por los que tenemos que luchar para cambiar. Tal vez, si hubiera más medios y apoyos para los centros educativos y más formación e incentivos para los docentes y orientadores a la hora de identificar y atender a las altas capacidades…Tal vez, si todos los agentes implicados se pusieran las ‘gafas de ver’ a estos niños y niñas y se implicaran en la labor de atenderlos…Probablemente, todo sería mucho mejor y más fácil.

 

Y, después de puntualmente asesorar a cada familia en cada caso, queremos recordar:
Se tiene derecho a disentir.
Se tiene derecho a una reunión (y dos y tres) y a preguntar y a pedir explicaciones.
Se puede no firmar la conformidad con un informe.
Se puede firmar como ‘no conforme’.
Se puede solicitar la impugnación de un informe subido a Raíces.
Se puede solicitar la revisión del informe si está sesgado o incompleto o hay algún motivo por el cual pueda considerarse que llega a conclusiones que se contradicen o que no tienen validez.
Se puede recurrir, posteriormente a intentar resolver cualquier disconformidad en el propio centro, a inspección educativa. En primera instancia debe solicitarse la mediación de inspección. Posteriormente, si la mediación no es satisfactoria, se puede denunciar ante inspección el incumplimiento de la normativa o las acciones, sean las que fueren, que atenten contra el bienestar y el desarrollo óptimo del alumno.
La siguiente instancia, que también existe, es interponer un recurso de alzada ante la Consejería de Educación.

 

Con esto ¿qué queremos decir?
Que hay vías.
Que ojalá no hiciera falta quejarse y exigir porque nuestros niños y nuestras niñas estuvieran bien, estuvieran atendidos, estuvieran felices, estuvieran motivados, estuvieran implicados y deseosos de aprender, estuvieran desarrollando un autoestima y un autoconcepto saludables, estuvieran entusiasmados y conectados y deseosos de ir al colegio, de hacer las tareas y de aprender más y de investigar y de debatir y de crear y de conocer y de compartir.
Pero, lamentablemente, no lo están.
Ni atendidos, ni felices, ni motivados ni deseosos de aprender.
Y eso es algo que tenemos que resolver de manera prioritaria.
Y no mirándonos los unos a los otros y malgastando nuestro tiempo, trabajo, esfuerzo y energía en enfrentamientos que agotan la energía y desvían la atención.
Sino mirando todos hacia el mismo objetivo. El objetivo común, fundamental, y de urgente atención que es el bienestar de los niños y las niñas.

 

Y aquí, después de muchos párrafos, para que no crean que no cumplo con mi palabra y me olvido de lo que prometo, volveré (como había adelantado) sobre la afirmación: No somos números.
No somos el DNI.
No somos el NIE.
No somos el NIA.
Ni somos un número de expediente de NEAE.
Ni nos representa el CIT.
Ni el ICG.
Ni el ICV.
Ni el IVE.
Ni el IMT, el IRF, ni el IVP.

 

Los números nos pueden servir u orientar, como la IA (ya que estamos con las siglas) pero que no se nos olvide, por favor, en ningún momento para qué hacemos lo que hacemos, para qué estamos donde estamos y por qué y por quiénes estamos luchando.
Y es por David, por Jorge, por Carla, por Alejandro, por Daniel, por Juan, por Héctor, por Oliver, por Emma, por Ángel, por Rodrigo, por Estela, por Ruth, por Saúl, por Pablo, por Sara, por Lola, por Alfonso, por Valeria, por Inés, por Enrique, por Adriana, por Candela, por Dani, por Mateo, por Nico, por Sergio, por Pedro, por Diego, por Miranda, por Raúl, por Álex, por Hugo, por Joel, por Víctor, por Arantza, por Alma, por Alba, por Carmen, por Abril, por Ignacio, por María José, por Lucía, por Javier, por Natalia, por Vera, por Álvaro, por Darío, por Carlos, por Roberto, por Martín, por María, por Amanda, por Rafa, por Alicia, por Guillermo, por Gonzalo, por Santi.

 

Es por y para ellos y ellas que debemos hacerlo. Como rotunda y muy acertadamente afirmó Julian Stanley, psicólogo que luchó por concienciar sobre la necesidad de personalizar las medidas educativas para dar respuesta a las demandas específicas de los estudiantes con altas capacidades:

 

«No olvidemos que ellos nos necesitan ahora, pero nosotros los necesitaremos mañana.»

 

Obstaculizar la sensibilización, la formación, la identificación, la comprensión, la atención de los derechos de la infancia debería estar considerado, más que negligencia o violencia institucional, un delito penal.

 

Texto original de Carolina Borgesi

 

Si te es más cómodo o lo prefieres, también puedes escuchar este artículo. (18:38 minutos · formato mp3)

 

 

©Ilustración · Jacques Després · Libro ‘Ni sí ni no’

 

Documentación complementaria:
La guía de 2021, para quien quiera, pueda o necesite leerla.
https://mediateca.educa.madrid.org/js/pdf/web/mediateca_viewer.php?id=ziaysoh2yh2bhjff

La de 2023.
Haciendo scroll, además de estas guía, toda la normativa vigente en materia de atención integral y educativa a las NEAE asociadas a las ACI. Marco general, Medidas, PIEC, flexibilización y otros muchos recursos.

 

Comunicado sobre la validez de las evaluaciones de AACC realizadas por centros privados publicado por Jana Martínez-Piqueras Martínez
Presidenta y Patrona fundadora de Indifferent Minds Foundation

 

Sentencia del Tribunal Supremo 3858/2011 que reconoce el derecho de las familias a participar activamente en la toma de decisiones educativas de sus hijos y a aportar informes privados para que sean valorados por los centros educativos sin necesidad de que sean reevaluados.

 

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Una educación sentipensante

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Una educación sentipensante: hacia una escuela diferente

Artículo original publicado por Deyby Rodrigo Espinosa Gómez · Artículos Docentes · Colombia (mayo 2019)

«La utopía está en el horizonte. Camino dos pasos, ella se aleja dos pasos y el horizonte se corre diez pasos más allá: Entonces, ¿para qué sirve la utopía? Para eso. Sirve para caminar.» – Eduardo Galeano

Esta frase del pensador uruguayo Eduardo Galeano (2000) es útil para comenzar un artículo sobre la educación sentipensante, dado que si queremos una educación diferente, tendremos que empezar a cuestionarnos; a pensar diferente, a caminar la utopía, aunque eso implique el riesgo de equivocarnos. Una educación sentipensante es aquella que resiste a los discursos educativos reduccionistas de las diferencias humanas, implica entender que la educación no consiste en una carrera en la que competir con los otros, sino en aprender a ‘sentir-nos’ y ‘pensar-nos’ con los otros. Una educación sentipensante exige prácticas pedagógicas, libertarias, librepensantes, dialogantes, que escuchan y reconocen que la mayor igualdad entre los seres humanos es la diferencia.

El concepto sentipensante nace de aquellas sabias palabras de los pescadores en San Benito Abad (Sucre) al sociólogo Orlando Fals Borda: «Nosotros actuamos con el corazón, pero también empleamos la cabeza. Y cuando combinamos las dos cosas, somos sentipensantes». Un concepto que ha inspirado a poetas, como el caso de Eduardo Galeano quien afirmó que: «El lenguaje que dice la verdad es el lenguaje sentipensante. El que es capaz de pensar sintiendo y de sentir pensando». En el campo educativo, significa “aprender a sentir y pensar al otro” (Espinosa, 2014), ser sujetos de praxis (Ghiso, 2013). Es reconocer la escuela como un espacio emocional, vivo, donde circula un universo de diferencias pensantes. Una educación sentipensante comprende la educación no para el mundo de las competencias, sino para el reconocimiento y la defensa de la dignidad humana.

Hoy, la realidad de la escuela se impone a través de modelos y agendas políticas orientadas al sometimiento más directo a los objetivos de competitividad que prevalecen en la economía neoliberal y global. En las escuelas, no cesa de escucharse cómo conceptos propios del mundo empresarial y mercantil colonizan y desplazan a los conceptos y a los fines de la educación. De esta forma, se asiste al imperio de: «calidad», «competencias», «indicadores», «excelencia», «estándares», «evaluación por resultados», «pruebas estandarizadas», «oferta y demanda», «cliente y servicio», etc. Esto ha hecho que se sobrevalore esta clase de conceptos y se desprecie la educación misma; es decir, los conceptos empresariales se usan como expresión genérica y como verdad para caracterizar a la educación, ignorando sus consecuencias. Avizorando este panorama, Martin Heidegger (1947) expresó de manera contundente en su carta sobre el humanismo: «El pensar se encuentra en dique seco». Heidegger no se equivocó en su señalamiento, pues la realidad se ha positivizado, se ha distraído en otros temas y se ha olvidado de la cosa misma, de la condición humana, para dar lugar al triunfo de lo económico sobre lo humano. En nuestras escuelas se habla más de calidad que de pedagogía, de competencias que de diferencias, de indicadores que de inclusión.

Re-pensar la escuela es develar prácticas alternativas que recuperen la educación como valor social, es un giro a la escuela como empresa para dar lugar a una educación pensada y reflexionada en, para y con el ser humano. Implica un proceso de emancipación de las cadenas mentales que, al mejor estilo del colonialismo del siglo XV, atan a la educación, a la escuela, a la pedagogía, al estudiante, al maestro, a la familia y a la cultura mediante los presupuestos epistemológicos dominantes y homogeneizantes.

La lucha por una educación diferente se reconoce en maestros que no se conformaron con soñar la utopía; precisamente porque, deseaban una educación desprendida de las cadenas económicas, una educación de, por y para la libertad. Por ello, encontramos el eco de las voces de Freire con su pedagogía del oprimido; de Ghiso, Maturana, Solano (2015), Fals (1970), Bauman, Heidegger, Hoyos, Laval; entre otros, que invitan a pensar otra educación posible.

Pensar la educación presupone una actividad política que reconoce que allí se fragua una lucha de ideologías en la cual se impone un currículo oficial construido por especialistas que seleccionan los conocimientos y valores de la cultura dominante. Éstos le son presentados al resto de la sociedad como únicos y universales. Junto a ese currículo se ha establecido toda una estructura de poder mediante la cual se crean cuerpos y mentes dóciles, se adecúan horarios, se educa para el mercado y se dictaminan pruebas homogeneizantes y estandarizadas que deshumanizan a los individuos y los enfrentan en un mundo competitivo dividido en ganadores y perdedores. (Solano, 2015, p. 123).

«Desde que entramos en la escuela, la educación nos descuartiza: nos enseña a divorciar el cuerpo del alma y la razón del corazón», decía el poeta Eduardo Galeano. La escuela no puede continuar divorciando la razón del corazón para dar lugar a la razón y sentido del mundo económico sobre lo humano. Nuestro sistema educativo no comprende que los sentimientos necesitan de la razón para no perderse en la frondosidad opresiva de las creencias vigentes […] que tapona el libre juego de los sentidos y la libertad de nuestra razón. (Savater, 2008: 14).

La educación en Colombia fracasa porque ha olvidado que el ser humano es una unidad “sentipensante” (Araujo, 2013). Es decir, que por más eficaz que sea la destreza del razonamiento del individuo sino va acompañada del cultivo de la dimensión desiderativa, es imposible alcanzar cambios significativos ni a nivel individual ni colectivo. Es por eso que, el maestro Hoyos (2008), señala la necesidad de un cambio de orientación en la educación que la retorne a sus inicios hacia una experiencia intersubjetiva en el mundo de la vida, que cambie sus propósitos: de la competitividad a la cooperación. De lo contrario, si la educación y las escuelas, urgidas por la economía de mercado, pierden gradualmente la sensibilidad moral que les permitiría percatarse de los males de la sociedad, especialmente de las desigualdades e injusticias causadas por el propio mercado, no podrán entonces, ni siquiera, justificarse a sí mismas.

El presente artículo propone, a través de teorías y prácticas pedagógicas sentipensantes, despertar al sentido de su praxis en la escuela. Implica un pensamiento crítico para “aprender a ser uno mismo en relación con y contra su propio ser, lo que implica tener ética humana en y con el mundo” (Freire citado por Walsh, 2013). Esto implica una praxis donde el sujeto cuestiona sus propias creencias para construirse libremente frente a los determinismos, asumiendo una ética universal de respeto, justicia y transformación. De esta forma, el proceso de re-pensar la escuela es una forma de (des)aprendizaje; un proceso de des-aprender y re-pensar todo lo impuesto y lo asumido por la colonización de lo humano; es romper los discursos de lo homogeneizante sobre lo diferente en la escuela; conlleva la actividad responsable de los educadores en ese despertar hacia lo realmente humano dentro de si mismos y en la escuela. Significa descolonizar al maestro, al estudiante, al currículo, a la mente y romper epistemológicamente con los discursos totalizantes que enseñan e inculcan la idea de que todos aprendemos igual, al mismo tiempo, al mismo ritmo, con las mismas capacidades y de la misma manera. Des-aprender y re-pensar la educación requiere deconstruir, pasando por el alma y la razón, la visión mercantilista que vuelve a los estudiantes competidores en una carrera por alcanzar el éxito.

«Yo no vengo a traer recetas pedagógicas, por lo tanto, ustedes no deben seguirme, sino re-inventarme»; decía Paulo Freire. Precisamente, las prácticas pedagógicas sentipensantes, no son ‘recetas pedagógicas’, son prácticas que invitan a recuperar y a re-pensar la escuela y su significado.

Prácticas pedagógicas sentipensantes: de la teoría al sentir y pensar en el aula

 

“Nadie camina sin aprender a caminar, sin aprender a hacer el camino caminando. Nadie camina sin aprender a rehacer, a retocar el sueño por el cual nos pusimos a caminar.” – Paulo Freire

El maestro Nidelcoff (1979), con respecto a la práctica pedagógica, señalaba que actuando o encogiéndonos de hombros, en ambos casos, estamos ayudando a construir la escuela. Actuando, crearemos la escuela en la que nosotros creemos. Encogiéndonos de hombros, dejaremos a otros mantener la escuela tal como ellos la necesitan. Es en este sentido, que la práctica pedagógica debe ser también re-pensada, debemos pensar el significado social y político de nuestro quehacer como maestros. Si desde nuestras prácticas como maestros actuamos para transformarla o si, por el contrario, nos resignamos al dominio de lo económico sobre lo educativo. «La pregunta por la educación y por la práctica pedagógica no debe postular modelos de adaptación ni de transición de nuestras sociedades, sino modelos de ruptura, de cambio y de transformación total” (Freire, 1997, 20). Es por eso que la práctica pedagógica implica un proceso reflexivo sobre los procedimientos, estrategias y prácticas que regulan la interacción, la comunicación, el ejercicio del pensamiento, del habla, de la visión, de las posiciones, oposiciones y disposiciones de los sujetos en la escuela (Díaz, 1988). Es decir, la práctica pedagógica se debe preguntar sobre los significados en el proceso de transmisión de la enseñanza-aprendizaje.

En este contexto, cuando hablamos de prácticas pedagógicas sentipensantes se trata, al mejor estilo freireano, de una práctica que «haga de la opresión y de sus causas el objeto de reflexión de los actores educativos, de lo que resultará el compromiso necesario para su lucha por la liberación, en la cual esta pedagogía se hará y rehará” (Freire, 1998, p 35).

La educación y la práctica son, por consiguiente, acción cultural para la libertad, lo que significa que el preguntarnos por la práctica pedagógica es, en esencia, un acto de conocimiento, de praxis, de teoría, de sentir y pensar e implica un pensamiento reflexivo (Dewey, 1989). Así pues, las prácticas pedagógicas sentipensantes, promueven pensar acciones, experiencias y contextos que permitan trascender los postulados impuestos como verdades incuestionables y, de esta forma, comprender que “el mundo no se construye desde la contemplación sino en la dialéctica praxis-acción-reflexión-acción” (Gadotti, 2007, 87).

Es necesario, dado el predominio del mundo neoliberal sobre la escuela, recuperar los conceptos de educación y pedagogía, comprender que la escuela es en sí misma una fuente de sentido de responsabilidad social, de encuentro y reconocimiento del otro. Es hora de prácticas que recuperen al maestro lector de contextos, las aulas de palabras y escucha, la necesidad de sentir-nos y pensar-nos, que defiendan la dignidad humana, que rompan con el sofisma de que para aprender se requiere competir con los otros y, finalmente; es hora de construir un currículo con sentido que tenga en cuenta la voz de todos los actores de la escuela.

Una invitación a pensar diferente en la escuela

 

Como maestro considero que, en la escuela de hoy, se viven discursos que no están diseñados para que se conviva con los otros, sino para que se compita con ellos. El discurso reinante se centra en la calidad, los estándares, la eficiencia, las competencias. El énfasis de la educación debería ser la convivencia y la solidaridad antes que la rivalidad y la competencia, decía William Ospina (2008). Sólo podremos lograr eso a través de una educación diferente en la cual se viva un contexto educativo sin competencias, pues el competir deteriora, encasilla, polariza y estigmatiza las diferencias humanas.

El maestro Humberto Maturana (2014), frente a la realidad actual de la escuela, nos recuerda que la diferencia es legítima cuando coexiste en una cultura donde no hay que competir; unas palabras que parecen borrarse día a día en las pizarras de nuestras escuelas. Como maestros, nunca debemos olvidar que la escuela es un campo de humanidad, de humanidades y de humanización. De humanidad, porque es allí donde se aprende la defensa y promoción de los derechos humanos y donde adquieren valor las diferencias humanas; de humanidades, porque es en ella donde se promueve el aprendizaje, la crítica y la reflexión frente a las realidades creadas y sostenidas por la sociedad; de humanización, porque el compromiso de la escuela con la sociedad es contribuir a formar una sociedad más humana.

Finalmente, la literatura es sabia a la hora de caracterizar la educación y la escuela y, con claridad, Eduardo Galeano (2000) nos recuerda que un hombre del pueblo de Neguá, en la costa colombiana, pudo subir al alto cielo y que, al contemplar desde arriba la vida humana, dijo: «El mundo es eso, un montón de gente, un mar de fueguitos. Cada persona brilla con luz propia entre todas las demás. No hay dos fuegos iguales» (2000, p. 5). La escuela, como reflejo de la vida humana, también es eso, un mar de fueguitos. Fuegos grandes y fuegos chicos, fuegos de todos los colores, fuegos con dignidad, fuegos con derechos, fuegos pensantes, fuegos nacidos para convivir y no para competir, fuegos con voces que aclaman que la escuela se ponga en pie y que no esté más ‘patas arriba’, fuegos que sueñan con que la escuela sea un espacio libre de condicionamientos y de competencias creadas únicamente para sostener un mundo reducido a servir intereses económicos. Es hora de soñar una educación en la cual las competencias no sean el fin más importante, sino la dignidad humana; en la que los estudiantes no sean clientes, ni los maestros empleados al mejor estilo de la empresa; sino que los educadores sean dignificados y respetados por los gobernantes y por toda la sociedad. Un mundo en el cual se comprenda que la escuela no es una mercancía ni la educación un negocio, porque la educación y el aprendizaje son derechos humanos y universales. Es hora de soñar, y de luchar por hacer realidad un mundo, en el cual podamos educar para ser seres sentipensantes, conocernos, reconocernos y respetarnos los unos a los otros.

 

 

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