Category

Sin categoría

motivación

Motivación y funciones ejecutivas

By | Sin categoría | No Comments

Hace unos días atrás parecía que había conseguido conectar con una fuente de motivación que se presentaba como inagotable. Los pensamientos fluían caudalosos en consonancia con un estado emocional que incluía en igual proporción cierta calma, algo de entusiasmo y un sabor final que me hacía saborearme entre alegre y segura de mi misma.

Hoy ya la fuente se secó. Mi calma se volvió ansiosa. El entusiasmo se extinguió. La alegre seguridad no dejó ni rastro al retirarse.

Aunque pueda parecer que no tiene demasiada relación intentar iluminar este estado con una explicación psicológica, neurológica, energética o sociopolítica, mi mente, muy proclive a las racionalizaciones, hace desfilar en continuado imágenes del mundo bombardeado, de la imposibilidad de acertar, conseguir parecer o disfrazarse a tiempo de lo que sea que pueda ser conveniente pensar, decidir o hacer en este momento de mi vida y de la historia de este mundo. Y las intercala con renglones de la lista de tareas a punto de terminar, a punto de empezar, urgentes, importantes, personales, de trabajo, impostergables, prioritarias, indelegables, que hay que comunicar como acabadas, que hay que consultar antes de acabar, que hay que compartir antes de iniciar.

Mi trabajo, contado de la primera manera que me viene ahora a la cabeza y detiene la procesión de pensamientos que nutren mi malestar, consiste en ayudar, acompañar, visibilizar, validar la manera de ser, hacer, pensar y sentir de personas neurodivergentes de edades comprendidas entre los márgenes de lo que denominamos infancia, adolescencia y juventud, para que puedan dejar de sentir que hay algo defectuoso e inadmisible en ellos y construyan una autoestima saludable y lo suficientemente auténtica y bien arraigada en su interior y en su cuerpo y espíritu como para que puedan ser quienes son sin pedir permiso ni perdón ni claudicar ni desistir en el intento.

Y parte de la sensación de desazón, sinsentido y desmotivación que siento hoy tiene que ver con que, por momentos, eso me parece una gran contradicción y paradoja y una especie de hipocresía y falsa creencia casi fanática, optimista e ingenua cuando yo misma no consigo dejar de sentirme defectuosa e inadmisible y mi propia autoestima es algo que no está ni saludablemente arraigada en mí, ni da señales de existir la inmensa mayoría de las veces.

Y sí, hay días en que pido permiso para casi todo. Y hay muchos días en los que pido perdón por existir. Y claudico. Y desisto.

Y muchas de esas pequeñas (y no tan pequeñas) personas neuroatípicas con las que trabajo y hablo y juego y reflexiono a diario también siguen, muchos días, pidiendo permiso y perdón y sienten desazón y están desmotivadas y dudan de si mismas y de todo a su alrededor y nadan en la incertidumbre y se sienten solas y tristes y tienen miedo y no encuentran sentido y, a veces, también pierden las ganas de desear, de buscar, de gritar, de llorar, de hablar, de pedir, de luchar y de existir.

Tal vez disfrutar de un genuino bienestar psicológico y emocional no se trate de sentir que encontramos la fuente inagotable de la motivación y un ancla con la que quedarnos clavadas en un estado emocional casi alegre, calmo y seguro de sí.

Tal vez la salud mental sea esto mismo. Ser consciente. Sentir todo esto. Poder nombrarlo. Poder verlo en mí y en los demás. Ser sincera conmigo misma. Ser sincera con todas esas personas también. Ser compasiva y empática para conmigo y para ellas. Darme permiso. Perdonarme. Darme lugar y darme voz. Incluso cuando (y sobre todo cuando) no encuentro sentido a nada.

En realidad, lo que quería escribir cuando me puse a encadenar letras y palabras en lo que en principio era un rectángulo blanco en la pantalla del portátil era un artículo sobre las funciones ejecutivas.

Tiene gracia, porque sabía que quería hablar de los supuestos o aparentes problemas en las funciones ejecutivas de los individuos con alta capacidad intelectual y su relación, en mi opinión no suficientemente profundizada, con la motivación intrínseca.

Las personas con altas capacidades necesitan ese tipo de motivación para iniciar una tarea. No la extrínseca. No funcionan así.

Es lamentable que el resto de personas sí, porque nadie que quisiera transformarse en un sujeto íntegro, librepensante y libresintiente y parte de la especie humana debería activarse a base de premios y castigos. Pero las personas profundamente inteligentes y sensibles, directamente, es que no pueden funcionar a base de motivación extrínseca. No pueden mover un dedo ni encender una neurona con el objetivo de aprobar el examen, pasar de curso, tener la mejor calificación, ganar un trofeo, obtener el primer premio, evitar un castigo, una multa, una sanción, recibir una paga extra, tener un like, tener más seguidores, recibir una recompensa, un regalo, una felicitación, una medalla, conseguir un aumento de sueldo, un ascenso, una comisión, un incentivo, evitar el despido ni aparecer en el tablón como ‘empleado del mes’. Tal vez pueda funcionarles muy brevemente, en el corto plazo, pero no de manera sostenible.

Las personas profundamente inteligentes y sensibles necesitan encender la motivación interna para vivir. Necesitan encontrar un sentido profundo que active y exprese todo su ser (o gran parte de él, al menos) para poder hacer algo. Para poder hacer incluso (y sobre todo) las cosas más nimias.

Muchas veces nos topamos con serias y enormes dificultades en las funciones ejecutivas en los niños y el problema puede no deberse a ningún trastorno, déficit ni incapacidad sino, simplemente, a que la tarea no les interesa en lo más mínimo. La única manera de evaluar las funciones ejecutivas de una persona con alta capacidad es exponiéndola a una tarea que se le presente como un reto, que le parezca atractiva y que consiga encender todas las partes de su ser. Sino estaremos midiendo cuánto corre un leopardo mientras está dormido. O lo lejos que puede llegar una gaviota para ir a por comida para sus crías mientras la tenemos encerrada en una jaula.

Las tareas más simples pueden ser las más difíciles. Si no llegan a tener suficiente nivel de reto o carga de sentido como para activar la motivación intrínseca las funciones ejecutivas, sencillamente, no se activarán. Por muy sencilla que sea la tarea en cuestión (colgar el abrigo, ponerse en la fila o atarse los cordones ¿les suena?). Por mucha explicación, mucho premio, incentivo, chantaje, amenaza, orden, norma, ley o castigo que intentemos aplicar. No lo harán.

Muchas veces, de una batería de pruebas de inteligencia, se obtienen resultados muy heterogéneos. Muchas personas de altas capacidades dan valores muy superiores, por encima del percentil 99% para su edad cronológica en ciertos ámbitos y, a la vez, resultados muy bajos en la memoria de trabajo y la velocidad de procesamiento. Si nos quedamos con los números, el coeficiente intelectual total podría bajar drásticamente. Si nos preguntamos por qué pasa esto tal vez sí nos encontremos con una doble excepcionalidad o con algún transtorno. Pero no siempre. Muchas veces podría deberse a pensamientos ramificados, dudas, a que se trata de perfiles altamente reflexivos y arborescentes que tienen que decidir entre muchísimas más opciones y condicionantes que el resto de personas antes de dar una respuesta con la que sentirse satisfechos. O, quizás, pueda deberse a que han puesto su razonamiento o su atención en otra cosa durante esa parte de la prueba. Un pensamiento intrusivo, un color, un olor, un sonido, un recuerdo, una mirada del evaluador, un estímulo interno o externo que ha iniciado un proceso difícil de parar y que les hace parecer dispersos, lentos, distraídos, incapaces, bloqueados, perezosos. Si pudiéramos dar a Ctrl + Alt + Del e iniciáramos el Administrador de Tareas de ese cerebro en ese momento veríamos que está funcionando al 100% pero no en esa pestaña que estábamos evaluando sino en otra (u otras) que inevitablemente priorizaron, tal vez racionalmente, pero muchas veces también por un impulso irrefrenable que se activó en su alma o en su corazón.

Mi mente, muy proclive a las racionalizaciones. Ya lo decía yo en el segundo párrafo.

Mi mente, también, compleja y arborescente en primera persona, y muy necesitada de alcanzar un cierto umbral de significado para poder ponerse a ejecutar y a funcionar ¡al fin! después de poder sincerarse y ponerse por escrito y expresar todo esto que entretejía a modo de nudos mentales que le impedían fluir, ha conseguido, gracias a haber iniciado primero esta tarea de escribir (que siempre la motiva y la nutre) terminar ‘a posteriori’ de enviar 4 correos, acabar 2 planillas excel, agendar 3 citas, actualizar la contabilidad y empezar a rellenar el formulario online de inscripción en el anágrafe del registro de residentes en el extranjero del consulado general de Italia en Madrid.

A mi bella cabecita, todas esas tareas -antes de permitirse escribir sincera y visceralmente- le hubieran sido (sin cargar primero esa gasolina emocional, física e intelectual llamada palabra escrita) absoluta e irremediablemente inabordables.

Consejo a modo de conclusión: antes de definirte como inútil, de flagelarte por tu pereza o inacción, de culpabilizarte por tu incapacidad para hacer algo ¡tan simple!, de humillarte por no poder arrancar el día y dar la mañana por perdida. Antes de sentir que tu vida entera ha sido desperdiciada (solo por llevar 3 horas sin poder concentrarte)…

Para. Respira. Escucha a tu instinto. Dedica al menos media hora a hacer algo que realmente desees sincera, profunda y apasionadamente hacer.

Todo tu ser te lo agradecerá (y el resto del mundo también).

Te pondrás en marcha.

Pero, por favor ¡no olvides! mientras te dure el combustible y la activación ¡de empezar con el borrador de la declaración de la renta!

 

Texto original de Carolina Borgesi

 

Otros artículos de nuestro blog.
Otros artículos de interés sobre motivación intrínseca y altas capacidades.
Apoya nuestra causa. Puedes colaborar de muchas maneras.
libertad

El regalo de la libertad

By | Sin categoría | No Comments

Hay algo que aporta claridad, alivio y aligera el peso que lleva una persona, una familia, un colectivo denominado de ‘altas capacidades’ o ‘superdotado’. Incluso se podría añadir en la lista la palabra ‘gifted’, la manera de llamar a las personas con un coeficiente intelectual por encima de la media en el mundo anglosajón, y que podría traducirse como ‘alguien que recibió un regalo’.

Si me reconozco a mi misma, a mi mismo, o reconozco a mi hija o hijo como alguien que ha recibido un regalo, o alguien con ‘alta’ capacidad o ‘super’ dotado, es bastante difícil que eso no genere una carga y una responsabilidad que me impida vivir con calma y decidir y pensar y validar las propias necesidades y deseos.

Si tengo ‘alta’ capacidad deberé aprovecharla. Si tiene ‘alta’ capacidad deberé fomentarla ¿Alta capacidad de qué? ¿Alta capacidad para qué? Estas respuestas solo debería darlas la propia persona; apoyada, validada, acompañanda, con recursos y con ayuda a su disposición en todos los momentos y ámbitos de su vida. Porque las altas capacidades son una manera de ser, de vivir, de pensar, de sentir, de estar en uno mismo y en el mundo. No son un sombrerito de quita y pon con una pantalla de cristal líquido monocormático que pone: «130» que uno se pone para salir por la puerta e ir al colegio o ir al trabajo. Las altas capacidades las tengo mientras duermo, mientras no consigo dormir, mientras tomo el desayuno, mientras estoy en el supermercado, cuando interactúo con la gente, cuando me detesto frente al espejo por la mañana. Las altas capacidades no son para que quepa mucha información ni para llegar más alto ni más lejos. Ni la superdotación es ningún superpoder que nos obliga a salvar a la humanidad ni a descubrir la cura para las enfermedades autoinmunes ni a crear una máquina de teletransportación. Ni ese don o regalo que recibieron todos los ‘gifted’ de este mundo es algo que los ponga en deuda de por vida y los haga sentir desagradecidos, egoístas o fracasados por no estar haciendo algo extraordinario con sus vidas o encontrando la manera correcta y productiva de ‘abrir el envoltorio’.

Ese algo que aporta claridad y alivio y aligera el peso que llevan las personas y las familias a las que les han dicho que tenían que hacer algo con esas ‘altas capacidades’, con esa ‘superdotación’, ‘talento’, ‘potencial’ o con el ‘regalo’ que habían recibido sin pedirlo y sin saber muy bien si venía con trampa, es la denominación de neurodiversidad o neurodivergencia.

Alivia. Porque abriga, alberga, refugia, abraza, contiene a todas esas configuraciones de mentes, cuerpos, almas y energías de este mundo que se salen de la norma y que desde el minuto cero y desde que recuerdan y desde que son conscientes de existir se han sentido fuera de lugar, fuera de contexto, fuera de tiempo, fuera de si mismos, fuera de este mundo. Porque saben que son distintos y no saben bien ni por qué ni cómo y encima llega un día en que les dicen que han recibido un regalo y a toda esa extrañeza se suma la sensación de haber perdido el tiempo, de tener una gran responsabilidad, de no saber bien qué hacer ni cómo para no defraudar al mundo entero y no desaprovechar su valía y para no quedarse solos y a la vez sintiendo unas ganas desbordantes de que se haya tratado de un error y de poder seguir con sus vidas sin tener que hacer nada especial ni diferente a lo que desean y necesitan. Sin la carga inconmensurable de las expectativas y las posibilidades, exacerbadas hoy en día, inmersos como estamos en una realidad que nos quiere funcionales, productivos, felices y en constante mejora y nos castiga y nos culpa por no conseguir algo más, algo mejor, algo especial, algo reseñable, algo excepcional, algo útil, algo innovador, algo verdaderamente genial como si hubiéramos pasado a formar parte de la obsolescencia programada junto con las lavadoras, los coches, los ordenadores y los móviles. Y mientras nos privan, además, de nuestras necesidades básicas a la vez que nos responsabilizan por no dar con los medios adecuados ni suficientes para conseguirlas.

Hoy es 14 de marzo, una vez más, como todos los años. Pero en vez de decir Feliz Día de las Altas Capacidades, recordar el número pi, el nacimiento de Albert Einstein o la muerte de Stephen Hawking, lo que nos gustaría es visibilizar y sensibilizar acerca de la necesidad de aceptar, respetar y apoyar a las neurodivergencias para que el único y gran regalo que sientan que han recibido es el de su libre albedrío y el del derecho a ser quienes son sin cargas, sin exigencias y sin expectativas más que las que ellos mismos quieran y necesiten en sus vidas.

 

Texto original de Carolina Borgesi

Si te es más cómodo o lo prefieres, también puedes escuchar este artículo. (5:30 minutos · formato mp3)

 

 

Otros artículos de nuestro blog.

 

Apoya nuestra causa. Puedes colaborar de muchas maneras.

 

Imagen de teksomolika en Freepik

compasion

El bálsamo de la compasión

By | Sin categoría | No Comments
¿Por qué es importante hablar de la compasión?

 

Por el presente que habitamos, que parece dejar cada vez menos espacio para sentir al otro y sentir con el otro.
Porque todas las personas merecen ser vistas, apoyadas, acompañadas, comprendidas con humildad y sinceridad, reconocidas y aceptadas tanto en sus semejanzas como en sus diferencias.
Porque todos en este mundo merecemos ser tratados con respeto y compasión. Empezando por nosotros mismos y a partir de ahí, buscando ver reflejos tanto de nuestra fuerza como de nuestra vulnerabilidad en el espejo y en nuestro encuentro con los demás.

 

‘Todo en la naturaleza crece y lucha a su manera, estableciendo su propia identidad, insistiendo en ella a toda costa, contra toda resistencia.’
Rainer Maria Rikle, poeta

 

Las cinco compasiones 
 

El neurocirujano James Doty dirige el Centro para la Investigación y la Educación sobre Compasión y Altruismo de la Universidad de Stanford. «Hay un subconjunto de personas que creen que la compasión no merece un estudio científico —afirmó durante una charla pública en el centro de retiro Multiversity, en California. Sin embargo, la ciencia que tenemos hoy demuestra que las prácticas de atención plena, autocompasión y compasión son algunas de las más poderosas que existen para modificar la fisiología y beneficiarse en términos de salud mental y física, y de longevidad».

 

La compasión, como bálsamo, no se limita al ámbito individual. Si soñamos con un mundo más saludable y menos fracturado, tendremos que canalizar y amplificar el poder curativo de la compasión. En el trabajo con pacientes y en la formación de terapeutas, Gabor Maté distingue cinco niveles de compasión que se establecen y se refuerzan entre sí, sin ninguna jerarquía. Juntos alientan, guían y orientan en el camino hacia la integridad.

 

Como escribió el dramaturgo (y médico) Antón Chéjov: «Es la compasión lo que nos saca del entumecimiento y nos empuja hacia la sanación».

 

Las cinco compasiones

 

1. La compasión humana común

 

En este texto se emplea la palabra compasión en su sentido etimológico: procede del griego a través del latín y significa «sufrir juntos». Experimentemos o no el dolor de otra persona vívidamente, la compasión básica consiste en la capacidad de acompañar en el sufrimiento. También significa conmoverse por la consciencia de que alguien está pasándolo mal y no registrarlo como un hecho neutro. La compasión interpersonal implica necesariamente empatía, la capacidad de captar los sentimientos del otro y de sentirse identificado. Nuestra experiencia puede fluctuar según a quién tengamos delante y según cómo nos sintamos en ese momento. Ciertamente, esta capacidad puede desgastarse o agotarse, como sabrá cualquier persona que haya experimentado la «fatiga de la compasión» en relación a ciertos tipos de trabajos. Pero, casi todos la recuperamos en cuanto obtenemos el descanso y la recarga que necesitamos. Su ausencia en cualquier persona, habitual en sociópatas y psicópatas, siempre es un marcador de una herida en el alma o, en palabras de A. H. Almaas, un signo de «supresión del dolor». Cuando observamos esa carencia de empatía en nosotros mismos, en vez de juzgarnos (lo que en sí mismo es una falta de compasión) podemos preguntarnos qué dolor no hemos sentido y metabolizado aún completamente. Podemos aprender mucho sobre nuestra propia historia de heridas emocionales observando en qué situaciones y hacia quiénes, nuestro corazón, naturalmente abierto y blando, tiende a endurecerse y a cerrarse. La compasión no es lo mismo que la lástima. Mientras que la compasión guía las mejores políticas sociales, la lástima no empodera a nadie. Para que alguien me dé lástima o pena tengo que empezar por colocarnos a ambos en estratos desiguales, y contemplar su desgracia desde un punto elevado imaginario. Incluso si en el mundo existe una verdadera diferencia de poder entre nosotros —digamos que derivada de una jerarquía racial o económica—, considerar esto un hecho esencial y permanente sobre nosotros no nos hace ningún favor. La autocompasión, igualmente necesaria, también tiene su análogo malsano: «revolcarse en la autocompasión» transmite la cómoda pero turbia trampa de sentir pena por uno mismo de manera permanente. Alguien que siente lástima de sí mismo encuentra una especie de consuelo en verse como un personaje desafortunado, maltratado por el destino. Esa actitud socava la sanación al reforzar las historias que nos mantienen instalados en un mundo de dolor y eso no nos mueve a asumir la responsabilidad por nuestro propio punto de vista. La autocompasión, por el contrario, no se resiste a la forma en que son las cosas ni envuelve el dolor en capas de gasa narrativa. Cuando existe autocompasión, simplemente podemos decir: «Me duele».

 

2. La compasión de la curiosidad y la comprensión

 

La segunda compasión se basa, ante todo, en el principio de que todo existe por un motivo y que ese motivo importa. Nos preguntamos, sin juzgar, por qué una persona o un grupo —cualquier persona, cualquier grupo— acabó siendo como es y actuando como actúa, incluso (y sobre todo) cuando eso nos molesta o nos desconcierta. También podríamos llamarla «compasión del contexto». Por muy sincero que sea nuestro deseo de ayudarnos o de ayudar a alguien, para poder hacer eso debemos mirar a la cara el sufrimiento que se está experimentando, qué es lo que ocurre, interesarnos en conocer su origen lo mejor que podamos. No basta, por ejemplo, con sentirse mal por las personas atrapadas en las espirales de la adicción sin tratar de comprender de qué dolor vital se han visto obligadas a escapar y cómo se mantuvo abierta esa herida hasta hoy. En ausencia de una visión clara del contexto solo queda, en el mejor de los casos, albergar buenos deseos e intervenir de forma bienintencionada pero, en última instancia, ineficaz. Vemos esta limitación en los inadecuados enfoques del tratamiento de la adicción que se estilan actualmente. La voluntad de buscar el porqué antes de saltar al cómo es el objetivo de la compasión de la curiosidad y la comprensión. Aunque es necesaria en todos los casos de sufrimiento crónico, sea en el ámbito personal o en el social, puede ser muy difícil en la práctica. En la sociedad actual tendemos a optar por ‘explicaciones sencillas, juicios rápidos y soluciones automáticas’. Para buscar con la mirada abierta las raíces sistémicas y profundas de por qué las cosas son como son hacen falta paciencia, curiosidad y fortaleza. El académico Jesse Thistle escribió sus memorias de infancia y juventud, su espiral hacia la adicción y el delito y su recuperación final, un libro impregnado precisamente de esta clase de compasión profunda. «Escribí ‘From the ashes’ —dijo Jesse— sobre todo para que la gente pudiera presenciar lo que nos pasó a mis hermanos y a mí en nuestra familia. En cierto modo, intentaba reivindicar a mi familia y hacer que la gente entendiera. Con la historia de mi sanación, estoy ayudando a “rerrecordar”. No solo a recordar en el sentido de guardar un recuerdo, sino a recordar de nuevo, a volver a armar esa historia que ha sido desmantelada por el Estado y olvidada». Al narrar los sucesos de su vida, Thistle, junto con otros escritores y artistas indígenas de Canadá, recupera y crea un contexto compasivo para los suyos —tanto en el sentido personal como familiar y nacional—en el que existir y permitirse ser vistos por el mundo y por sí mismos con compasión y autenticidad.

 

3. La compasión del reconocimiento

 

Bruce, un cirujano vascular de Oregon, fue detenido por falsificar recetas de medicamentos debido a su adicción a los opiáceos. Por humillante que fuera la experiencia, él la ve con gratitud porque le abrió los ojos y le cambió la vida. «Si las cosas no hubieran sucedido tal y como sucedieron —dijo—, todo habría seguido igual: ese personaje inconsciente, técnicamente competente pero emocionalmente anquilosado, que tanto se repite en la profesión quirúrgica». En lugar de sus antiguas formas de relacionarse, «centrándose en sí mismo», Bruce describe «una nueva actitud» caracterizada por comenzar a verse a sí mismo en los demás: “Soy un ser humano que tiene defectos, que luchó. La otra persona puede estar en esa misma categoría. A ver cómo podemos resolver juntos este problema”». Bruce es la personificación de lo que llamamos ‘la compasión del reconocimiento’, que nos permite percibir y apreciar que todos estamos en el mismo barco, zarandeados por tribulaciones y contradicciones similares. Mientras no reconozcamos lo que tenemos en común, nos provocaremos más y más aflicción y se la provocaremos también a los demás: a nosotros mismos porque nos distanciamos más de nuestra humanidad y quedamos atrapados en los tensos estados fisiológicos del juicio y la resistencia; a los demás porque desencadenamos su vergüenza e incrementamos el aislamiento. La próxima vez que tengan la impresión de estar juzgando intensamente a alguien, presten atención a los estados de su cuerpo: las sensaciones en el pecho, el estómago, la garganta. ¿Son agradables? Probablemente no, y tampoco sanas. La lección no es que no debemos juzgar, ya que no somos nosotros quienes lo estamos haciendo, sino nuestra mente en modo automático. Juzgarse a uno mismo por estar juzgando a los demás es girar la rueda de la vergüenza. Mientras juzgamos tenemos la oportunidad de indagar en el estado de la mente y el cuerpo con curiosidad compasiva. La sanación fluye cuando somos capaces de ver este mundo herido como un espejo de nuestro dolor y permitir que otras personas también se vean reflejadas en nosotros: el mutuo reconocimiento allana el camino para la reconexión.

 

4. La compasión de la verdad

 

Quizá creamos que proteger a la gente de experimentar dolor es un acto de bondad. Aunque esto es cierto cuando se trata de un dolor innecesario y evitable, no tiene nada de compasivo proteger a la gente de las inevitables heridas, decepciones y reveses que la vida nos asesta a todos desde la infancia. No solo es un cometido inútil; es contraproducente e incluso puede ser inauténtico, un impulso aparentemente altruista surgido de la propia incomodidad con nuestras heridas. Sean cuales sean nuestras intenciones, no hacemos ningún favor a nadie temiendo su dolor ni colaborando en su destierro. Cuando se trabaja para sanar traumas es inevitable que aflore el dolor. Por eso, ante el dolor, todos nos dejamos llevar por la negación, la supresión, la represión, la racionalización, la justificación, la memoria difuminada y diversos grados de disociación. Cuando nos enfrentamos a todas las formas en que nos hemos entumecido, es inevitable que aflore el dolor que; de hecho, llevaba mucho tiempo esperando. Por supuesto, el miedo a estas partes exiliadas es natural. «Cuando tenemos toda una vida de emociones de las que hemos estado huyendo —escribe Helen Knott— parece que, en cuanto nos alcanzan, nos golpean en pandilla y nos dejan tirados en un callejón». Pero eso no tiene por qué ocurrir. La compasión de la verdad reconoce que el dolor no es el enemigo. El dolor es inherentemente compasivo, ya que intenta avisarnos de lo que marcha mal. Sanar, en cierto sentido, consiste en desaprender la noción de que necesitamos protegernos de nuestro dolor. En este sentido, la compasión es una puerta abierta a otra cualidad esencial: la valentía. La compasión de la verdad también reconoce que la verdad puede conducir, a corto plazo, a más dolor. Darlene, una terapeuta familiar de San José, lo descubrió nada más salir de su matrimonio disfuncional. «La comunidad de mi infancia no me comprende, no puede verme, no lo entiende —dijo—. Me parte el corazón, porque quiero que me quieran y conectar con ellos, pero sospecho que nunca podrán verme ni conectar conmigo». Que algunas relaciones no sobrevivan a la elección de la autenticidad es una de las consecuencias más angustiosas; sin embargo, en ese dolor hay libertad. Revierte y reivindica las trágicas elecciones que nos vimos obligados a hacer en sentido contrario cuando comenzamos en la vida. «Es un viaje de dejar de intentar complacer a la gente y no preocuparse ya por lo que piensen. Aún me digo a veces: “Quiero la aprobación de esa persona”. No puedo decir que lo haya dominado por completo, pero es un proceso con capas, como una cebolla: me he despojado de muchas y cada vez soy más libre en mi autenticidad. He tenido que buscar otras comunidades donde me vean y me entiendan. Ha sido un proceso doloroso, pero sé que es lo correcto». La verdad y la compasión tienen que ir de la mano en igualdad de condiciones. No somos compasivos si arrojamos verdades desagradables a la cara de otra persona, tal vez justificándonos con el argumento «¡Solo estoy siendo sincero!». «Es necesario que la compasión esté presente para que las personas se permitan la verdad». Sin seguridad, la verdad no puede hacer su trabajo de sanación.

 

5. La compasión de la posibilidad

 

 
Nadie consta únicamente de la personalidad condicionada que presenta al mundo, las emociones reprimidas o libres que manifiesta y los comportamientos que exhibe. Comprender esto permite lo que llamamos la ‘compasión de la posibilidad’. No nos referimos a la posibilidad en el sentido hipotético de las conjeturas sobre el futuro, de «quizá algún día…», sino como una característica inherente presente, viva, disponible. La posibilidad está relacionada con muchas de las mayores cualidades de la humanidad, como es el sentido de la maravilla, el asombro, el misterio y la imaginación, que nos permiten seguir conectados con lo que no podemos demostrar necesariamente. Depende de nosotros fomentar esta relación, porque el mundo cotidiano no siempre proporcionará pruebas fehacientes ni tranquilizadoras. Este aspecto más profundo de la compasión reconoce que lo aparentemente imposible solo lo parece, y que aquello que más necesitamos y anhelamos puede convertirse en realidad en cualquier momento. Mantenerse abierto ‘a la posibilidad’ no requiere resultados instantáneos. Significa saber que hay más en todos nosotros, en el sentido más positivo, de lo que se aprecia a simple vista. Lo mismo se puede decir de lo que parezca más real, sólido o incorregible en nosotros o en los demás. La ‘compasión de la posibilidad’ es una puerta que mantenemos abierta para poder ver venir y albergar esa victoria que anhelamos. Si no nos confundiésemos ni confundiésemos a los demás con las características de personalidad y los rasgos de comportamiento, «buenos» o «malos» que muestran en apariencia; si pudiéramos sentir en cada persona el potencial de integridad , esa ‘posibilidad’ que nunca se pierde, sería, para todos nosotros, una experiencia digna de saborear.

 

Gabor Maté

 

El mito de la normalidad

 

Otros artículos de nuestro blog.
Otros artículos de interés sobre compasión.
Apoya nuestra causa. Puedes colaborar de muchas maneras.

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.

ACEPTAR
Aviso de cookies