Una educación sentipensante

By 27 mayo, 2026Sin categoría
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Una educación sentipensante: hacia una escuela diferente

Artículo original publicado por Deyby Rodrigo Espinosa Gómez · Artículos Docentes · Colombia (mayo 2019)

«La utopía está en el horizonte. Camino dos pasos, ella se aleja dos pasos y el horizonte se corre diez pasos más allá: Entonces, ¿para qué sirve la utopía? Para eso. Sirve para caminar.» – Eduardo Galeano

Esta frase del pensador uruguayo Eduardo Galeano (2000) es útil para comenzar un artículo sobre la educación sentipensante, dado que si queremos una educación diferente, tendremos que empezar a cuestionarnos; a pensar diferente, a caminar la utopía, aunque eso implique el riesgo de equivocarnos. Una educación sentipensante es aquella que resiste a los discursos educativos reduccionistas de las diferencias humanas, implica entender que la educación no consiste en una carrera en la que competir con los otros, sino en aprender a ‘sentir-nos’ y ‘pensar-nos’ con los otros. Una educación sentipensante exige prácticas pedagógicas, libertarias, librepensantes, dialogantes, que escuchan y reconocen que la mayor igualdad entre los seres humanos es la diferencia.

El concepto sentipensante nace de aquellas sabias palabras de los pescadores en San Benito Abad (Sucre) al sociólogo Orlando Fals Borda: «Nosotros actuamos con el corazón, pero también empleamos la cabeza. Y cuando combinamos las dos cosas, somos sentipensantes». Un concepto que ha inspirado a poetas, como el caso de Eduardo Galeano quien afirmó que: «El lenguaje que dice la verdad es el lenguaje sentipensante. El que es capaz de pensar sintiendo y de sentir pensando». En el campo educativo, significa “aprender a sentir y pensar al otro” (Espinosa, 2014), ser sujetos de praxis (Ghiso, 2013). Es reconocer la escuela como un espacio emocional, vivo, donde circula un universo de diferencias pensantes. Una educación sentipensante comprende la educación no para el mundo de las competencias, sino para el reconocimiento y la defensa de la dignidad humana.

Hoy, la realidad de la escuela se impone a través de modelos y agendas políticas orientadas al sometimiento más directo a los objetivos de competitividad que prevalecen en la economía neoliberal y global. En las escuelas, no cesa de escucharse cómo conceptos propios del mundo empresarial y mercantil colonizan y desplazan a los conceptos y a los fines de la educación. De esta forma, se asiste al imperio de: «calidad», «competencias», «indicadores», «excelencia», «estándares», «evaluación por resultados», «pruebas estandarizadas», «oferta y demanda», «cliente y servicio», etc. Esto ha hecho que se sobrevalore esta clase de conceptos y se desprecie la educación misma; es decir, los conceptos empresariales se usan como expresión genérica y como verdad para caracterizar a la educación, ignorando sus consecuencias. Avizorando este panorama, Martin Heidegger (1947) expresó de manera contundente en su carta sobre el humanismo: «El pensar se encuentra en dique seco». Heidegger no se equivocó en su señalamiento, pues la realidad se ha positivizado, se ha distraído en otros temas y se ha olvidado de la cosa misma, de la condición humana, para dar lugar al triunfo de lo económico sobre lo humano. En nuestras escuelas se habla más de calidad que de pedagogía, de competencias que de diferencias, de indicadores que de inclusión.

Re-pensar la escuela es develar prácticas alternativas que recuperen la educación como valor social, es un giro a la escuela como empresa para dar lugar a una educación pensada y reflexionada en, para y con el ser humano. Implica un proceso de emancipación de las cadenas mentales que, al mejor estilo del colonialismo del siglo XV, atan a la educación, a la escuela, a la pedagogía, al estudiante, al maestro, a la familia y a la cultura mediante los presupuestos epistemológicos dominantes y homogeneizantes.

La lucha por una educación diferente se reconoce en maestros que no se conformaron con soñar la utopía; precisamente porque, deseaban una educación desprendida de las cadenas económicas, una educación de, por y para la libertad. Por ello, encontramos el eco de las voces de Freire con su pedagogía del oprimido; de Ghiso, Maturana, Solano (2015), Fals (1970), Bauman, Heidegger, Hoyos, Laval; entre otros, que invitan a pensar otra educación posible.

Pensar la educación presupone una actividad política que reconoce que allí se fragua una lucha de ideologías en la cual se impone un currículo oficial construido por especialistas que seleccionan los conocimientos y valores de la cultura dominante. Éstos le son presentados al resto de la sociedad como únicos y universales. Junto a ese currículo se ha establecido toda una estructura de poder mediante la cual se crean cuerpos y mentes dóciles, se adecúan horarios, se educa para el mercado y se dictaminan pruebas homogeneizantes y estandarizadas que deshumanizan a los individuos y los enfrentan en un mundo competitivo dividido en ganadores y perdedores. (Solano, 2015, p. 123).

«Desde que entramos en la escuela, la educación nos descuartiza: nos enseña a divorciar el cuerpo del alma y la razón del corazón», decía el poeta Eduardo Galeano. La escuela no puede continuar divorciando la razón del corazón para dar lugar a la razón y sentido del mundo económico sobre lo humano. Nuestro sistema educativo no comprende que los sentimientos necesitan de la razón para no perderse en la frondosidad opresiva de las creencias vigentes […] que tapona el libre juego de los sentidos y la libertad de nuestra razón. (Savater, 2008: 14).

La educación en Colombia fracasa porque ha olvidado que el ser humano es una unidad “sentipensante” (Araujo, 2013). Es decir, que por más eficaz que sea la destreza del razonamiento del individuo sino va acompañada del cultivo de la dimensión desiderativa, es imposible alcanzar cambios significativos ni a nivel individual ni colectivo. Es por eso que, el maestro Hoyos (2008), señala la necesidad de un cambio de orientación en la educación que la retorne a sus inicios hacia una experiencia intersubjetiva en el mundo de la vida, que cambie sus propósitos: de la competitividad a la cooperación. De lo contrario, si la educación y las escuelas, urgidas por la economía de mercado, pierden gradualmente la sensibilidad moral que les permitiría percatarse de los males de la sociedad, especialmente de las desigualdades e injusticias causadas por el propio mercado, no podrán entonces, ni siquiera, justificarse a sí mismas.

El presente artículo propone, a través de teorías y prácticas pedagógicas sentipensantes, despertar al sentido de su praxis en la escuela. Implica un pensamiento crítico para “aprender a ser uno mismo en relación con y contra su propio ser, lo que implica tener ética humana en y con el mundo” (Freire citado por Walsh, 2013). Esto implica una praxis donde el sujeto cuestiona sus propias creencias para construirse libremente frente a los determinismos, asumiendo una ética universal de respeto, justicia y transformación. De esta forma, el proceso de re-pensar la escuela es una forma de (des)aprendizaje; un proceso de des-aprender y re-pensar todo lo impuesto y lo asumido por la colonización de lo humano; es romper los discursos de lo homogeneizante sobre lo diferente en la escuela; conlleva la actividad responsable de los educadores en ese despertar hacia lo realmente humano dentro de si mismos y en la escuela. Significa descolonizar al maestro, al estudiante, al currículo, a la mente y romper epistemológicamente con los discursos totalizantes que enseñan e inculcan la idea de que todos aprendemos igual, al mismo tiempo, al mismo ritmo, con las mismas capacidades y de la misma manera. Des-aprender y re-pensar la educación requiere deconstruir, pasando por el alma y la razón, la visión mercantilista que vuelve a los estudiantes competidores en una carrera por alcanzar el éxito.

«Yo no vengo a traer recetas pedagógicas, por lo tanto, ustedes no deben seguirme, sino re-inventarme»; decía Paulo Freire. Precisamente, las prácticas pedagógicas sentipensantes, no son ‘recetas pedagógicas’, son prácticas que invitan a recuperar y a re-pensar la escuela y su significado.

Prácticas pedagógicas sentipensantes: de la teoría al sentir y pensar en el aula

 

“Nadie camina sin aprender a caminar, sin aprender a hacer el camino caminando. Nadie camina sin aprender a rehacer, a retocar el sueño por el cual nos pusimos a caminar.” – Paulo Freire

El maestro Nidelcoff (1979), con respecto a la práctica pedagógica, señalaba que actuando o encogiéndonos de hombros, en ambos casos, estamos ayudando a construir la escuela. Actuando, crearemos la escuela en la que nosotros creemos. Encogiéndonos de hombros, dejaremos a otros mantener la escuela tal como ellos la necesitan. Es en este sentido, que la práctica pedagógica debe ser también re-pensada, debemos pensar el significado social y político de nuestro quehacer como maestros. Si desde nuestras prácticas como maestros actuamos para transformarla o si, por el contrario, nos resignamos al dominio de lo económico sobre lo educativo. «La pregunta por la educación y por la práctica pedagógica no debe postular modelos de adaptación ni de transición de nuestras sociedades, sino modelos de ruptura, de cambio y de transformación total” (Freire, 1997, 20). Es por eso que la práctica pedagógica implica un proceso reflexivo sobre los procedimientos, estrategias y prácticas que regulan la interacción, la comunicación, el ejercicio del pensamiento, del habla, de la visión, de las posiciones, oposiciones y disposiciones de los sujetos en la escuela (Díaz, 1988). Es decir, la práctica pedagógica se debe preguntar sobre los significados en el proceso de transmisión de la enseñanza-aprendizaje.

En este contexto, cuando hablamos de prácticas pedagógicas sentipensantes se trata, al mejor estilo freireano, de una práctica que «haga de la opresión y de sus causas el objeto de reflexión de los actores educativos, de lo que resultará el compromiso necesario para su lucha por la liberación, en la cual esta pedagogía se hará y rehará” (Freire, 1998, p 35).

La educación y la práctica son, por consiguiente, acción cultural para la libertad, lo que significa que el preguntarnos por la práctica pedagógica es, en esencia, un acto de conocimiento, de praxis, de teoría, de sentir y pensar e implica un pensamiento reflexivo (Dewey, 1989). Así pues, las prácticas pedagógicas sentipensantes, promueven pensar acciones, experiencias y contextos que permitan trascender los postulados impuestos como verdades incuestionables y, de esta forma, comprender que “el mundo no se construye desde la contemplación sino en la dialéctica praxis-acción-reflexión-acción” (Gadotti, 2007, 87).

Es necesario, dado el predominio del mundo neoliberal sobre la escuela, recuperar los conceptos de educación y pedagogía, comprender que la escuela es en sí misma una fuente de sentido de responsabilidad social, de encuentro y reconocimiento del otro. Es hora de prácticas que recuperen al maestro lector de contextos, las aulas de palabras y escucha, la necesidad de sentir-nos y pensar-nos, que defiendan la dignidad humana, que rompan con el sofisma de que para aprender se requiere competir con los otros y, finalmente; es hora de construir un currículo con sentido que tenga en cuenta la voz de todos los actores de la escuela.

Una invitación a pensar diferente en la escuela

 

Como maestro considero que, en la escuela de hoy, se viven discursos que no están diseñados para que se conviva con los otros, sino para que se compita con ellos. El discurso reinante se centra en la calidad, los estándares, la eficiencia, las competencias. El énfasis de la educación debería ser la convivencia y la solidaridad antes que la rivalidad y la competencia, decía William Ospina (2008). Sólo podremos lograr eso a través de una educación diferente en la cual se viva un contexto educativo sin competencias, pues el competir deteriora, encasilla, polariza y estigmatiza las diferencias humanas.

El maestro Humberto Maturana (2014), frente a la realidad actual de la escuela, nos recuerda que la diferencia es legítima cuando coexiste en una cultura donde no hay que competir; unas palabras que parecen borrarse día a día en las pizarras de nuestras escuelas. Como maestros, nunca debemos olvidar que la escuela es un campo de humanidad, de humanidades y de humanización. De humanidad, porque es allí donde se aprende la defensa y promoción de los derechos humanos y donde adquieren valor las diferencias humanas; de humanidades, porque es en ella donde se promueve el aprendizaje, la crítica y la reflexión frente a las realidades creadas y sostenidas por la sociedad; de humanización, porque el compromiso de la escuela con la sociedad es contribuir a formar una sociedad más humana.

Finalmente, la literatura es sabia a la hora de caracterizar la educación y la escuela y, con claridad, Eduardo Galeano (2000) nos recuerda que un hombre del pueblo de Neguá, en la costa colombiana, pudo subir al alto cielo y que, al contemplar desde arriba la vida humana, dijo: «El mundo es eso, un montón de gente, un mar de fueguitos. Cada persona brilla con luz propia entre todas las demás. No hay dos fuegos iguales» (2000, p. 5). La escuela, como reflejo de la vida humana, también es eso, un mar de fueguitos. Fuegos grandes y fuegos chicos, fuegos de todos los colores, fuegos con dignidad, fuegos con derechos, fuegos pensantes, fuegos nacidos para convivir y no para competir, fuegos con voces que aclaman que la escuela se ponga en pie y que no esté más ‘patas arriba’, fuegos que sueñan con que la escuela sea un espacio libre de condicionamientos y de competencias creadas únicamente para sostener un mundo reducido a servir intereses económicos. Es hora de soñar una educación en la cual las competencias no sean el fin más importante, sino la dignidad humana; en la que los estudiantes no sean clientes, ni los maestros empleados al mejor estilo de la empresa; sino que los educadores sean dignificados y respetados por los gobernantes y por toda la sociedad. Un mundo en el cual se comprenda que la escuela no es una mercancía ni la educación un negocio, porque la educación y el aprendizaje son derechos humanos y universales. Es hora de soñar, y de luchar por hacer realidad un mundo, en el cual podamos educar para ser seres sentipensantes, conocernos, reconocernos y respetarnos los unos a los otros.

 

 

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