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El regalo de la libertad

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Hay algo que aporta claridad, alivio y aligera el peso que lleva una persona, una familia, un colectivo denominado de ‘altas capacidades’ o ‘superdotado’. Incluso se podría añadir en la lista la palabra ‘gifted’, la manera de llamar a las personas con un coeficiente intelectual por encima de la media en el mundo anglosajón, y que podría traducirse como ‘alguien que recibió un regalo’.

Si me reconozco a mi misma, a mi mismo, o reconozco a mi hija o hijo como alguien que ha recibido un regalo, o alguien con ‘alta’ capacidad o ‘super’ dotado, es bastante difícil que eso no genere una carga y una responsabilidad que me impida vivir con calma y decidir y pensar y validar las propias necesidades y deseos.

Si tengo ‘alta’ capacidad deberé aprovecharla. Si tiene ‘alta’ capacidad deberé fomentarla ¿Alta capacidad de qué? ¿Alta capacidad para qué? Estas respuestas solo debería darlas la propia persona; apoyada, validada, acompañanda, con recursos y con ayuda a su disposición en todos los momentos y ámbitos de su vida. Porque las altas capacidades son una manera de ser, de vivir, de pensar, de sentir, de estar en uno mismo y en el mundo. No son un sombrerito de quita y pon con una pantalla de cristal líquido monocormático que pone: «130» que uno se pone para salir por la puerta e ir al colegio o ir al trabajo. Las altas capacidades las tengo mientras duermo, mientras no consigo dormir, mientras tomo el desayuno, mientras estoy en el supermercado, cuando interactúo con la gente, cuando me detesto frente al espejo por la mañana. Las altas capacidades no son para que quepa mucha información ni para llegar más alto ni más lejos. Ni la superdotación es ningún superpoder que nos obliga a salvar a la humanidad ni a descubrir la cura para las enfermedades autoinmunes ni a crear una máquina de teletransportación. Ni ese don o regalo que recibieron todos los ‘gifted’ de este mundo es algo que los ponga en deuda de por vida y los haga sentir desagradecidos, egoístas o fracasados por no estar haciendo algo extraordinario con sus vidas o encontrando la manera correcta y productiva de ‘abrir el envoltorio’.

Ese algo que aporta claridad y alivio y aligera el peso que llevan las personas y las familias a las que les han dicho que tenían que hacer algo con esas ‘altas capacidades’, con esa ‘superdotación’, ‘talento’, ‘potencial’ o con el ‘regalo’ que habían recibido sin pedirlo y sin saber muy bien si venía con trampa, es la denominación de neurodiversidad o neurodivergencia.

Alivia. Porque abriga, alberga, refugia, abraza, contiene a todas esas configuraciones de mentes, cuerpos, almas y energías de este mundo que se salen de la norma y que desde el minuto cero y desde que recuerdan y desde que son conscientes de existir se han sentido fuera de lugar, fuera de contexto, fuera de tiempo, fuera de si mismos, fuera de este mundo. Porque saben que son distintos y no saben bien ni por qué ni cómo y encima llega un día en que les dicen que han recibido un regalo y a toda esa extrañeza se suma la sensación de haber perdido el tiempo, de tener una gran responsabilidad, de no saber bien qué hacer ni cómo para no defraudar al mundo entero y no desaprovechar su valía y para no quedarse solos y a la vez sintiendo unas ganas desbordantes de que se haya tratado de un error y de poder seguir con sus vidas sin tener que hacer nada especial ni diferente a lo que desean y necesitan. Sin la carga inconmensurable de las expectativas y las posibilidades, exacerbadas hoy en día, inmersos como estamos en una realidad que nos quiere funcionales, productivos, felices y en constante mejora y nos castiga y nos culpa por no conseguir algo más, algo mejor, algo especial, algo reseñable, algo excepcional, algo útil, algo innovador, algo verdaderamente genial como si hubiéramos pasado a formar parte de la obsolescencia programada junto con las lavadoras, los coches, los ordenadores y los móviles. Y mientras nos privan, además, de nuestras necesidades básicas a la vez que nos responsabilizan por no dar con los medios adecuados ni suficientes para conseguirlas.

Hoy es 14 de marzo, una vez más, como todos los años. Pero en vez de decir Feliz Día de las Altas Capacidades, recordar el número pi, el nacimiento de Albert Einstein o la muerte de Stephen Hawking, lo que nos gustaría es visibilizar y sensibilizar acerca de la necesidad de aceptar, respetar y apoyar a las neurodivergencias para que el único y gran regalo que sientan que han recibido es el de su libre albedrío y el del derecho a ser quienes son sin cargas, sin exigencias y sin expectativas más que las que ellos mismos quieran y necesiten en sus vidas.

 

Texto original de Carolina Borgesi

Si te es más cómodo o lo prefieres, también puedes escuchar este artículo. (5:30 minutos · formato mp3)

 

 

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El bálsamo de la compasión

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¿Por qué es importante hablar de la compasión?

 

Por el presente que habitamos, que parece dejar cada vez menos espacio para sentir al otro y sentir con el otro.
Porque todas las personas merecen ser vistas, apoyadas, acompañadas, comprendidas con humildad y sinceridad, reconocidas y aceptadas tanto en sus semejanzas como en sus diferencias.
Porque todos en este mundo merecemos ser tratados con respeto y compasión. Empezando por nosotros mismos y a partir de ahí, buscando ver reflejos tanto de nuestra fuerza como de nuestra vulnerabilidad en el espejo y en nuestro encuentro con los demás.

 

‘Todo en la naturaleza crece y lucha a su manera, estableciendo su propia identidad, insistiendo en ella a toda costa, contra toda resistencia.’
Rainer Maria Rikle, poeta

 

Las cinco compasiones 
 

El neurocirujano James Doty dirige el Centro para la Investigación y la Educación sobre Compasión y Altruismo de la Universidad de Stanford. «Hay un subconjunto de personas que creen que la compasión no merece un estudio científico —afirmó durante una charla pública en el centro de retiro Multiversity, en California. Sin embargo, la ciencia que tenemos hoy demuestra que las prácticas de atención plena, autocompasión y compasión son algunas de las más poderosas que existen para modificar la fisiología y beneficiarse en términos de salud mental y física, y de longevidad».

 

La compasión, como bálsamo, no se limita al ámbito individual. Si soñamos con un mundo más saludable y menos fracturado, tendremos que canalizar y amplificar el poder curativo de la compasión. En el trabajo con pacientes y en la formación de terapeutas, Gabor Maté distingue cinco niveles de compasión que se establecen y se refuerzan entre sí, sin ninguna jerarquía. Juntos alientan, guían y orientan en el camino hacia la integridad.

 

Como escribió el dramaturgo (y médico) Antón Chéjov: «Es la compasión lo que nos saca del entumecimiento y nos empuja hacia la sanación».

 

Las cinco compasiones

 

1. La compasión humana común

 

En este texto se emplea la palabra compasión en su sentido etimológico: procede del griego a través del latín y significa «sufrir juntos». Experimentemos o no el dolor de otra persona vívidamente, la compasión básica consiste en la capacidad de acompañar en el sufrimiento. También significa conmoverse por la consciencia de que alguien está pasándolo mal y no registrarlo como un hecho neutro. La compasión interpersonal implica necesariamente empatía, la capacidad de captar los sentimientos del otro y de sentirse identificado. Nuestra experiencia puede fluctuar según a quién tengamos delante y según cómo nos sintamos en ese momento. Ciertamente, esta capacidad puede desgastarse o agotarse, como sabrá cualquier persona que haya experimentado la «fatiga de la compasión» en relación a ciertos tipos de trabajos. Pero, casi todos la recuperamos en cuanto obtenemos el descanso y la recarga que necesitamos. Su ausencia en cualquier persona, habitual en sociópatas y psicópatas, siempre es un marcador de una herida en el alma o, en palabras de A. H. Almaas, un signo de «supresión del dolor». Cuando observamos esa carencia de empatía en nosotros mismos, en vez de juzgarnos (lo que en sí mismo es una falta de compasión) podemos preguntarnos qué dolor no hemos sentido y metabolizado aún completamente. Podemos aprender mucho sobre nuestra propia historia de heridas emocionales observando en qué situaciones y hacia quiénes, nuestro corazón, naturalmente abierto y blando, tiende a endurecerse y a cerrarse. La compasión no es lo mismo que la lástima. Mientras que la compasión guía las mejores políticas sociales, la lástima no empodera a nadie. Para que alguien me dé lástima o pena tengo que empezar por colocarnos a ambos en estratos desiguales, y contemplar su desgracia desde un punto elevado imaginario. Incluso si en el mundo existe una verdadera diferencia de poder entre nosotros —digamos que derivada de una jerarquía racial o económica—, considerar esto un hecho esencial y permanente sobre nosotros no nos hace ningún favor. La autocompasión, igualmente necesaria, también tiene su análogo malsano: «revolcarse en la autocompasión» transmite la cómoda pero turbia trampa de sentir pena por uno mismo de manera permanente. Alguien que siente lástima de sí mismo encuentra una especie de consuelo en verse como un personaje desafortunado, maltratado por el destino. Esa actitud socava la sanación al reforzar las historias que nos mantienen instalados en un mundo de dolor y eso no nos mueve a asumir la responsabilidad por nuestro propio punto de vista. La autocompasión, por el contrario, no se resiste a la forma en que son las cosas ni envuelve el dolor en capas de gasa narrativa. Cuando existe autocompasión, simplemente podemos decir: «Me duele».

 

2. La compasión de la curiosidad y la comprensión

 

La segunda compasión se basa, ante todo, en el principio de que todo existe por un motivo y que ese motivo importa. Nos preguntamos, sin juzgar, por qué una persona o un grupo —cualquier persona, cualquier grupo— acabó siendo como es y actuando como actúa, incluso (y sobre todo) cuando eso nos molesta o nos desconcierta. También podríamos llamarla «compasión del contexto». Por muy sincero que sea nuestro deseo de ayudarnos o de ayudar a alguien, para poder hacer eso debemos mirar a la cara el sufrimiento que se está experimentando, qué es lo que ocurre, interesarnos en conocer su origen lo mejor que podamos. No basta, por ejemplo, con sentirse mal por las personas atrapadas en las espirales de la adicción sin tratar de comprender de qué dolor vital se han visto obligadas a escapar y cómo se mantuvo abierta esa herida hasta hoy. En ausencia de una visión clara del contexto solo queda, en el mejor de los casos, albergar buenos deseos e intervenir de forma bienintencionada pero, en última instancia, ineficaz. Vemos esta limitación en los inadecuados enfoques del tratamiento de la adicción que se estilan actualmente. La voluntad de buscar el porqué antes de saltar al cómo es el objetivo de la compasión de la curiosidad y la comprensión. Aunque es necesaria en todos los casos de sufrimiento crónico, sea en el ámbito personal o en el social, puede ser muy difícil en la práctica. En la sociedad actual tendemos a optar por ‘explicaciones sencillas, juicios rápidos y soluciones automáticas’. Para buscar con la mirada abierta las raíces sistémicas y profundas de por qué las cosas son como son hacen falta paciencia, curiosidad y fortaleza. El académico Jesse Thistle escribió sus memorias de infancia y juventud, su espiral hacia la adicción y el delito y su recuperación final, un libro impregnado precisamente de esta clase de compasión profunda. «Escribí ‘From the ashes’ —dijo Jesse— sobre todo para que la gente pudiera presenciar lo que nos pasó a mis hermanos y a mí en nuestra familia. En cierto modo, intentaba reivindicar a mi familia y hacer que la gente entendiera. Con la historia de mi sanación, estoy ayudando a “rerrecordar”. No solo a recordar en el sentido de guardar un recuerdo, sino a recordar de nuevo, a volver a armar esa historia que ha sido desmantelada por el Estado y olvidada». Al narrar los sucesos de su vida, Thistle, junto con otros escritores y artistas indígenas de Canadá, recupera y crea un contexto compasivo para los suyos —tanto en el sentido personal como familiar y nacional—en el que existir y permitirse ser vistos por el mundo y por sí mismos con compasión y autenticidad.

 

3. La compasión del reconocimiento

 

Bruce, un cirujano vascular de Oregon, fue detenido por falsificar recetas de medicamentos debido a su adicción a los opiáceos. Por humillante que fuera la experiencia, él la ve con gratitud porque le abrió los ojos y le cambió la vida. «Si las cosas no hubieran sucedido tal y como sucedieron —dijo—, todo habría seguido igual: ese personaje inconsciente, técnicamente competente pero emocionalmente anquilosado, que tanto se repite en la profesión quirúrgica». En lugar de sus antiguas formas de relacionarse, «centrándose en sí mismo», Bruce describe «una nueva actitud» caracterizada por comenzar a verse a sí mismo en los demás: “Soy un ser humano que tiene defectos, que luchó. La otra persona puede estar en esa misma categoría. A ver cómo podemos resolver juntos este problema”». Bruce es la personificación de lo que llamamos ‘la compasión del reconocimiento’, que nos permite percibir y apreciar que todos estamos en el mismo barco, zarandeados por tribulaciones y contradicciones similares. Mientras no reconozcamos lo que tenemos en común, nos provocaremos más y más aflicción y se la provocaremos también a los demás: a nosotros mismos porque nos distanciamos más de nuestra humanidad y quedamos atrapados en los tensos estados fisiológicos del juicio y la resistencia; a los demás porque desencadenamos su vergüenza e incrementamos el aislamiento. La próxima vez que tengan la impresión de estar juzgando intensamente a alguien, presten atención a los estados de su cuerpo: las sensaciones en el pecho, el estómago, la garganta. ¿Son agradables? Probablemente no, y tampoco sanas. La lección no es que no debemos juzgar, ya que no somos nosotros quienes lo estamos haciendo, sino nuestra mente en modo automático. Juzgarse a uno mismo por estar juzgando a los demás es girar la rueda de la vergüenza. Mientras juzgamos tenemos la oportunidad de indagar en el estado de la mente y el cuerpo con curiosidad compasiva. La sanación fluye cuando somos capaces de ver este mundo herido como un espejo de nuestro dolor y permitir que otras personas también se vean reflejadas en nosotros: el mutuo reconocimiento allana el camino para la reconexión.

 

4. La compasión de la verdad

 

Quizá creamos que proteger a la gente de experimentar dolor es un acto de bondad. Aunque esto es cierto cuando se trata de un dolor innecesario y evitable, no tiene nada de compasivo proteger a la gente de las inevitables heridas, decepciones y reveses que la vida nos asesta a todos desde la infancia. No solo es un cometido inútil; es contraproducente e incluso puede ser inauténtico, un impulso aparentemente altruista surgido de la propia incomodidad con nuestras heridas. Sean cuales sean nuestras intenciones, no hacemos ningún favor a nadie temiendo su dolor ni colaborando en su destierro. Cuando se trabaja para sanar traumas es inevitable que aflore el dolor. Por eso, ante el dolor, todos nos dejamos llevar por la negación, la supresión, la represión, la racionalización, la justificación, la memoria difuminada y diversos grados de disociación. Cuando nos enfrentamos a todas las formas en que nos hemos entumecido, es inevitable que aflore el dolor que; de hecho, llevaba mucho tiempo esperando. Por supuesto, el miedo a estas partes exiliadas es natural. «Cuando tenemos toda una vida de emociones de las que hemos estado huyendo —escribe Helen Knott— parece que, en cuanto nos alcanzan, nos golpean en pandilla y nos dejan tirados en un callejón». Pero eso no tiene por qué ocurrir. La compasión de la verdad reconoce que el dolor no es el enemigo. El dolor es inherentemente compasivo, ya que intenta avisarnos de lo que marcha mal. Sanar, en cierto sentido, consiste en desaprender la noción de que necesitamos protegernos de nuestro dolor. En este sentido, la compasión es una puerta abierta a otra cualidad esencial: la valentía. La compasión de la verdad también reconoce que la verdad puede conducir, a corto plazo, a más dolor. Darlene, una terapeuta familiar de San José, lo descubrió nada más salir de su matrimonio disfuncional. «La comunidad de mi infancia no me comprende, no puede verme, no lo entiende —dijo—. Me parte el corazón, porque quiero que me quieran y conectar con ellos, pero sospecho que nunca podrán verme ni conectar conmigo». Que algunas relaciones no sobrevivan a la elección de la autenticidad es una de las consecuencias más angustiosas; sin embargo, en ese dolor hay libertad. Revierte y reivindica las trágicas elecciones que nos vimos obligados a hacer en sentido contrario cuando comenzamos en la vida. «Es un viaje de dejar de intentar complacer a la gente y no preocuparse ya por lo que piensen. Aún me digo a veces: “Quiero la aprobación de esa persona”. No puedo decir que lo haya dominado por completo, pero es un proceso con capas, como una cebolla: me he despojado de muchas y cada vez soy más libre en mi autenticidad. He tenido que buscar otras comunidades donde me vean y me entiendan. Ha sido un proceso doloroso, pero sé que es lo correcto». La verdad y la compasión tienen que ir de la mano en igualdad de condiciones. No somos compasivos si arrojamos verdades desagradables a la cara de otra persona, tal vez justificándonos con el argumento «¡Solo estoy siendo sincero!». «Es necesario que la compasión esté presente para que las personas se permitan la verdad». Sin seguridad, la verdad no puede hacer su trabajo de sanación.

 

5. La compasión de la posibilidad

 

 
Nadie consta únicamente de la personalidad condicionada que presenta al mundo, las emociones reprimidas o libres que manifiesta y los comportamientos que exhibe. Comprender esto permite lo que llamamos la ‘compasión de la posibilidad’. No nos referimos a la posibilidad en el sentido hipotético de las conjeturas sobre el futuro, de «quizá algún día…», sino como una característica inherente presente, viva, disponible. La posibilidad está relacionada con muchas de las mayores cualidades de la humanidad, como es el sentido de la maravilla, el asombro, el misterio y la imaginación, que nos permiten seguir conectados con lo que no podemos demostrar necesariamente. Depende de nosotros fomentar esta relación, porque el mundo cotidiano no siempre proporcionará pruebas fehacientes ni tranquilizadoras. Este aspecto más profundo de la compasión reconoce que lo aparentemente imposible solo lo parece, y que aquello que más necesitamos y anhelamos puede convertirse en realidad en cualquier momento. Mantenerse abierto ‘a la posibilidad’ no requiere resultados instantáneos. Significa saber que hay más en todos nosotros, en el sentido más positivo, de lo que se aprecia a simple vista. Lo mismo se puede decir de lo que parezca más real, sólido o incorregible en nosotros o en los demás. La ‘compasión de la posibilidad’ es una puerta que mantenemos abierta para poder ver venir y albergar esa victoria que anhelamos. Si no nos confundiésemos ni confundiésemos a los demás con las características de personalidad y los rasgos de comportamiento, «buenos» o «malos» que muestran en apariencia; si pudiéramos sentir en cada persona el potencial de integridad , esa ‘posibilidad’ que nunca se pierde, sería, para todos nosotros, una experiencia digna de saborear.

 

Gabor Maté

 

El mito de la normalidad

 

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La soledad de las personas empáticas altamente sensibles

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‘Si eres una persona empática, la gente no entenderá tu soledad. Pensarán que deberías de tener un círculo muy grande de amigos ya que las personas empáticas suelen tratar muy bien a los demás.

Sin embargo, algunas de las personas más sensibles y empáticas de este mundo tienen pocos amigos. A veces, incluso, ninguno.

Si ese es tu caso, puede que te resulte interesante leer lo que viene a continuación.

Que tengas pocos amigos no significa automáticamente que seas antisocial, que estés roto ni que seas excesivo en ningún aspecto.

Que tengas pocos amigos, a menudo, puede ser un claro signo de adaptación.’

 

por Gabor Maté · Doctor en medicina. Especialista en trauma, adicción, desarrollo infantil y tratamiento holístico cuerpo · mente · entorno.

 

Traducción del contenido original publicado en The Wound Beneath

 

Existen cinco rasgos poco comunes (pero muy habituales) en las personas empáticas altamente sensibles con pocos o ningún amigo.
La enumeración de estos rasgos no pretende etiquetar ni diagnosticar a nadie, sino más bien servir como espejo.
Algunos de estos rasgos explican, tal vez, con dolorosa precisión por qué las personas empáticas y altamente sensibles pueden estar solas incluso cuando anhelan y necesitan cercanía y conexión.
Al final aparecerá una frase sencilla que podrás usar para comprobar si una persona te ofrece una conexión emocionalmente segura o no sin necesidad de pensar demasiado, sin tener que adivinar ni verte obligado a leer señales durante semanas, meses o incluso años.
Comencemos con la pregunta que más importa. Y esa pregunta no debería ser ¿qué me pasa? sino ¿qué me pasó que hizo que aceptar la cercanía y dar confianza se volviera tan difícil?
El sistema nervioso no decide aislarse sin motivo. Aprende. Si tu sistema aprendió que estar cerca de otras personas significaba absorber sus estados de ánimo, gestionar sus reacciones, encogerse y ser incomprendido, entonces estar solo o tomar distancia deja de verse únicamente como aislamiento o ‘soledad’. Y tal vez empieza a percibirse como una necesidad genuina y saludable de encontrar calma y alivio.
Vamos a analizar los rasgos poco comunes que comparten muchas personas empáticas altamente sensibles con pocos amigos.
El primer rasgo es un estado físico y emocional de alerta constante.

 

LA HIPERVIGILANCIA.

 

Socializar no es solo hablar. También es asimilar.
Cuando socializas no solo escuchas palabras. También sientes el tono. Notas las pausas. Sientes la tensión. Captas el clima emocional dentro la habitación.
Si creciste necesitando leer el ambiente para mantenerte seguro. Si tenías que percibir el estado de ánimo de alguien antes de hablar, es probable que no hayas desarrollado esa hipersensibilidad como un mero pasatiempo. Tal vez la desarrollaste como un mecanismo de protección.
Así que hoy, cuando entras en una habitación, tu cuerpo hace lo que fue entrenado eficazmente para hacer: escanear ¿Quién está irritado? ¿Quién está actuando? ¿Quién se siente frágil? ¿Quién está a punto de aislarse? ¿Quién está fingiendo estar bien?
Puede que ni siquiera te hagas esas preguntas conscientemente. Aún así, tu cuerpo las responderá de todos modos.
Ahora, veamos esta situación desde otra perspectiva.
No pienses, solo observa. Cuando te imaginas estando en un grupo, ¿Sientes el pecho oprimido? ¿Se te encoge el estómago? ¿Se te tensan los hombros?
Si es así, eso no se llama debilidad. Ese es tu sistema nervioso que te avisa que la situación te cuesta energía y que podrías pasar dos horas con gente agradable y, aun así, volver a casa exhausto. Y no porque haya pasado nada dramático sino porque tu sistema estuvo alerta, activado y funcionando todo el tiempo.
Ahora imagina una escena rápida: Vas a una reunión, la gente se ríe. Aparentemente, todo está bien. Pero notas que la sonrisa de una persona no es del todo sincera. Percibes que otra persona no para de interrumpir. Observas a una pareja intercambiando miradas cortantes. Ves que alguien se esfuerza demasiado por caer bien. Y tú estás ahí asintiendo, sonriendo. Pero por dentro los estás sosteniendo a todos. Y no te lo estás inventando. Lo estás percibiendo.
Después de un tiempo, casi sin darte cuenta, empiezas a hacer algo bastante razonable. Reduces la exposición. Menos salidas, menos amigos, más tranquilidad.
Esto nos lleva al segundo rasgo.

 

MEJOR SOLO QUE MAL ACOMPAÑADO.

 

Las personas empáticas con pocos amigos no odian a la gente.
Odian la superficialidad y en esto hay un matiz importante.
Anhelan conexión, pero no pueden lograr el tipo de conexión que necesitan si eso requiere fingir.
Charlas triviales. Amistades basadas en chismes. Bromas que ocultan crueldad. Vibraciones que esconden evitación.
Puedes sentir tan fácilmente cuándo una conversación es real y cuando es solo ruido.
Así que, aún estando rodeado de gente puedes sentirte profundamente solo porque tu sistema te dice con claridad: esto no es intimidad. Es mera actuación.
Cuando tienes muy alta sensibilidad haces algo que los demás no entienden.
Eliges la soledad en lugar de fingir pertenecer. Y esto no se trata de ser mejor que nadie.
Mucha gente aprende a ser superficial porque eso les ayuda a sobrevivir a su propio dolor. Muchas más personas de las que imaginas utilizan la superficialidad como un mecanismo de defensa.
Pero si eres profundamente sensible y empático tu cuerpo (y todo tu ser) rechazan la versión superficial de la conexión. No es que busques la perfección. Pero sí quieres honestidad, aunque sea un poco. Aunque sea tan solo una gota. Y cuando no la encuentras, empiezas incluso a pensar que tal vez no estés hecho para las relaciones sociales.
Pero la causa podría ser otra. Podría ser que tu sensibilidad te está pidiendo una clase y una calidad diferente de conexión que tu entorno, ahora mismo, no puede ofrecerte.
El rasgo número tres se forjó hace mucho tiempo.

 

EL ROL DEFENSIVO.

 

Muchas personas empáticas se convirtieron en buenas, dóciles, en aquellas que nunca causan problemas y que lo comprenden y lo perdonan todo.

Esto puede parecer muy sutil, pero moldea toda tu vida entera porque si fuiste recompensado por tener pocas o nulas necesidades, puedes convertirte en un adulto que se avergüenza de tener necesidades. O que no conoce sus necesidades en absoluto.

Te vuelves increíble para dar. Escuchas, apoyas, respondes rápido, estás disponible, recuerdas detalles, haces que la gente se sienta reconocida y puede que, incluso, te sientas muy orgulloso de todo esto porque no deja de ser un conjunto de hermosas y nobles cualidades humanas. Pero aquí está la pregunta que lo cambia todo ¿Eres capaz de recibir?
¿Puedes dejar que alguien esté ahí para ti sin sentirte culpable? ¿Puedes dejar que alguien te acompañe? ¿Te cuesta pedir ayuda o decir que no estás bien? ¿Te suena muy típico de ti el exceso de indulgencia y auto-contención emocional?
Si alguien se preocupa y te pregunta cómo estás, la mayoría de las veces respondes «estoy bien, no te preocupes». Porque recibir te hace sentir inseguro y, así, las amistades se vuelven unilaterales. Te conviertes en el refugio emocional de los demás mientras tu propio mundo interior permanece cerrado a cal y canto.
Luego te cansas, no porque no ames a las personas, sino porque sigues abandonándote a ti mismo dentro de cada relación y, en algún momento, tu sistema nervioso dice: ‘Basta. Hasta aquí.’
Ahora, imagina otra escena. Alguien te envía un mensaje, ¿cómo estás? Y sientes que aparece ese rol tan familiar de quien ayuda, del estable, del disponible, del eficiente. Así que escribes: «Bien». Incluso cuando no es verdad. Incluso si estás sintiendo estrés, soledad o dolor.
Y lo haces suficientes veces como para empezar a sentir que, en realidad, nadie te conoce.
Pero la verdad más profunda podría ser que te has entrenado muy bien para esconderte.
Aquí es donde muchas personas empáticas altamente sensibles se quedan atrapadas.
Confunden ser necesitadas con ser amadas. Porque cuando eras mucho más joven, tal vez el único momento en que sentías verdadera conexión era cuando eras útil, cuando estabas tranquilo, cuando eras agradable y cuando no pedías demasiado. Inconscientemente eliges amistades en las que puedas desempeñar ese mismo rol y todo te resulta muy familiar hasta que te sientes solo y vacío.
El rasgo número cuatro explica por qué acabas teniendo tan pocos amigos incluso cuando lo intentas y lo necesitas.

 

LÍMITES DE AUTOCUIDADO.

 

Las personas empáticas a menudo no explotan. No gritan. No dramatizan. Simplemente toman distancia. Desaparecen. La gente lo suele llamar ‘ghosting’. Pero para una persona empática y sensible, muy a menudo, es el último límite del sistema nervioso porque sin darte cuenta y por inercia toleras, entiendes, racionalizas, das oportunidades. Te dices a ti mismo: «Quizás no lo decían en serio. Quizás estoy siendo demasiado sensible.» Pero te agotas de los comportamientos de afrontamiento y buscas alivio. Ya no piensas «Quizás debería dejarlo pasar». El patrón se repite. Las pequeñas invalidaciones, las sutiles faltas de respeto, las bromas que hieren, la sensación de que tus límites son una sugerencia pero nunca una realidad. Algo dentro de ti se cierra lenta y silenciosamente. Dejas de responder tanto. Dejas de iniciar las conversaciones. Dejas de estar presente. Dejas de estar disponible. Y, claro, la otra persona se siente confundida porque nunca sintió lo que tú sentiste. No sintió la tensión en tu cuerpo después de cada interacción. No sintió tu caída de energía en cada conversación. No sintió tu cálculo interno ¿Cómo mantenerme amable y, a la vez, evitar que me hagan daño? Entonces te dicen: «Cambiaste». Y tú piensas: «No cambié. Por fin me escuché a mí más que a ti».
Tu sensibilidad no es un problema.
El problema aparece cuando la sensibilidad vive dentro de un sistema que no aprendió a poner límites. O dentro de un sistema donde, aunque pongas límites, nadie los respeta.
La sensibilidad sin límites desencadena en dolor.
Pero la sensibilidad con límites se convierte en sabiduría.
Ahora, el rasgo número cinco. El que hace que todo lo demás tenga sentido.

 

CONEXIONES GENUINAS Y EMOCIONALMENTE SEGURAS.

 

Las personas empáticas con pocos o ningún amigo a menudo no quieren muchas personas a su alrededor. No quieren popularidad ni contacto constante. Lo que quieren es una conexión segura. Una conexión segura es aquella donde el sistema nervioso pueda descansar, donde el silencio no sea castigado, donde la honestidad no sea objeto de burla, donde tus emociones no se traten como una molestia, donde no tengas por qué actuar.
Como las personas que ofrecen conexiones seguras son bastante escasas has aprendido a elegir la soledad para evitar el dolor y la incertidumbre.
A veces, la soledad de las personas empáticas y sensibles no solo tiene que ver con los demás.
A veces se trata de la memoria implícita y de las historias escritas en el cuerpo y hasta de una creencia protectora dentro de ti: «Si soy completamente yo mismo, seré rechazado o castigado.»
Entonces, mantienes esa parte de ti mismo oculta. Incluso de personas amables. Incluso de posibles amigos. Porque tu sistema sigue esperando siempre, por estadística, el mismo resultado.
Por eso muchas veces puedes estar rodeado de gente y, aun así y más que nunca, sentirte solo.
No porque no seas digno de amor o porque seas antisocial, sino porque tu autenticidad ha estado resguardada durante demasiado tiempo.

 

***

 

¿Qué se puede hacer con esto? ¿Cómo mantener tu sensibilidad sin terminar aislado?
Puede haber un camino muy práctico. Simple. Para nada dramático.
Primero, debes dejar de avergonzarte de tu necesidad de aislamiento y recuperación.
Si eres sensible, asume que necesitarás tiempo de inactividad.
No es ningún defecto de tu personalidad. Es pura fisiología.
Segundo. Intenta practicar lo que se llama: pequeña honestidad.
Nada de grandes confesiones, confrontaciones intensas, grandes verdades ni sincericidios.
«Estoy un poco abrumado hoy. Me encantaría verte, pero solo puedo un rato.», «Ese chiste no me sentó bien», «Necesito un poco de espacio. No se trata de ti.»
Estas parecen (pero no son) simples frases. Son pruebas. Las personas emocionalmente inseguras para ti, si les dices eso, te castigarán. Te harán sentir culpable. Se burlarán de ti. Se alejarán. Te harán sentirte dramático. Te harán sentir tus necesidades como un problema. Pero, las personas que pueden ofrecerte una conexión segura harán algo muy diferente. Te respetarán. Te comprenderán. Se adaptarán. Darán pequeños pasos hacia una conexión real. Se mantendrán amables. Las personas emocionalmente seguras no te castigan por tener un sistema nervioso sensible. Ni por poner límites. Si necesitas descansar, no te avergüenzan. Si necesitas honestidad, no te atacan. Si necesitas espacio, no te manipulan. Ni te obligan a ganarte su respeto.
Un punto práctico más.
Si eres empático y sensible y tienes pocos amigos, hazte esta pregunta la próxima vez que pases tiempo con alguien con quien dudas de si puede ofrecerte una conexión emocionalmente segura o no. No te preguntes, ¿le caí bien? ¿me desempeñé bien? ¿le causé
Sino ¿Fui más o menos yo mismo en su compañía?
Tu cuerpo te dirá la verdad. Y lo hará mucho más rápido que tu mente.
Si te sientes más ligero, más claro, más tranquilo y más centrado, presta atención.
Si te sientes tenso, culpable, confundido y agotado, presta atención también.
Tu cuerpo es el lugar donde tu historia habla.
Es importante que puedas replantear la situación de una manera que no ofenda tu dolor.
Si tienes pocos o ningún amigo ahora mismo, puede que no signifique que hayas fracasado.
Puede que signifique que dejaste de traicionarte a ti mismo.
Y eso no es fracasar. Y tampoco es el final de la historia. Sino el comienzo de una historia mejor. Una historia en la que te eliges a ti mismo, poco a poco. Donde dejas de confundir ser necesitado con ser amado. Donde dejas de ver tu sensibilidad como una debilidad y empiezas a tratarla como una emisora fiable de señales. Donde dejas entrar a menos gente. Pero las personas que entran ya no te cuestan tu paz ni tu equilibrio.
Así que si eres una persona empática y sensible con pocos o ningún amigo, no te apresures a preguntarte porqué.
En cambio, intenta esto: Respeta lo que tu sistema nervioso ha estado protegiendo.
Y luego, con suavidad, muy lenta y compasivamente, practica dejar que las personas seguras demuestren su valía a través de la constancia y el respeto, no de la intensidad.
La verdadera conexión que necesita una persona empática y sensible no es ruidosa. No es forzada. Es tranquila. Te hará sentir que puedes respirar. Y que estás a salvo.
Cuando finalmente experimentes ese tipo de conexión, quizás con una única persona, o tal vez con dos, te darás cuenta de algo que lo cambiará todo.

 

‘No necesitas más personas a tu alrededor.
Necesitas personas con las que poder ser tú y, aún así, sentirte seguro.’

 

Dr. Gabor Maté

 

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