‘Si eres una persona empática, la gente no entenderá tu soledad. Pensarán que deberías de tener un círculo muy grande de amigos ya que las personas empáticas suelen tratar muy bien a los demás.
Sin embargo, algunas de las personas más sensibles y empáticas de este mundo tienen pocos amigos. A veces, incluso, ninguno.
Si ese es tu caso, puede que te resulte interesante leer lo que viene a continuación.
Que tengas pocos amigos no significa automáticamente que seas antisocial, que estés roto ni que seas excesivo en ningún aspecto.
Que tengas pocos amigos, a menudo, puede ser un claro signo de adaptación.’
por Gabor Maté · Doctor en medicina. Especialista en trauma, adicción, desarrollo infantil y tratamiento holístico cuerpo · mente · entorno.
Existen cinco rasgos poco comunes (pero muy habituales) en las personas empáticas altamente sensibles con pocos o ningún amigo.
La enumeración de estos rasgos no pretende etiquetar ni diagnosticar a nadie, sino más bien servir como espejo.
Algunos de estos rasgos explican, tal vez, con dolorosa precisión por qué las personas empáticas y altamente sensibles pueden estar solas incluso cuando anhelan y necesitan cercanía y conexión.
Al final aparecerá una frase sencilla que podrás usar para comprobar si una persona te ofrece una conexión emocionalmente segura o no sin necesidad de pensar demasiado, sin tener que adivinar ni verte obligado a leer señales durante semanas, meses o incluso años.
Comencemos con la pregunta que más importa. Y esa pregunta no debería ser ¿qué me pasa? sino ¿qué me pasó que hizo que aceptar la cercanía y dar confianza se volviera tan difícil?
El sistema nervioso no decide aislarse sin motivo. Aprende. Si tu sistema aprendió que estar cerca de otras personas significaba absorber sus estados de ánimo, gestionar sus reacciones, encogerse y ser incomprendido, entonces estar solo o tomar distancia deja de verse únicamente como aislamiento o ‘soledad’. Y tal vez empieza a percibirse como una necesidad genuina y saludable de encontrar calma y alivio.
Vamos a analizar los rasgos poco comunes que comparten muchas personas empáticas altamente sensibles con pocos amigos.
El primer rasgo es un estado físico y emocional de alerta constante.
LA HIPERVIGILANCIA.
Socializar no es solo hablar. También es asimilar.
Cuando socializas no solo escuchas palabras. También sientes el tono. Notas las pausas. Sientes la tensión. Captas el clima emocional dentro la habitación.
Si creciste necesitando leer el ambiente para mantenerte seguro. Si tenías que percibir el estado de ánimo de alguien antes de hablar, es probable que no hayas desarrollado esa hipersensibilidad como un mero pasatiempo. Tal vez la desarrollaste como un mecanismo de protección.
Así que hoy, cuando entras en una habitación, tu cuerpo hace lo que fue entrenado eficazmente para hacer: escanear ¿Quién está irritado? ¿Quién está actuando? ¿Quién se siente frágil? ¿Quién está a punto de aislarse? ¿Quién está fingiendo estar bien?
Puede que ni siquiera te hagas esas preguntas conscientemente. Aún así, tu cuerpo las responderá de todos modos.
Ahora, veamos esta situación desde otra perspectiva.
No pienses, solo observa. Cuando te imaginas estando en un grupo, ¿Sientes el pecho oprimido? ¿Se te encoge el estómago? ¿Se te tensan los hombros?
Si es así, eso no se llama debilidad. Ese es tu sistema nervioso que te avisa que la situación te cuesta energía y que podrías pasar dos horas con gente agradable y, aun así, volver a casa exhausto. Y no porque haya pasado nada dramático sino porque tu sistema estuvo alerta, activado y funcionando todo el tiempo.
Ahora imagina una escena rápida: Vas a una reunión, la gente se ríe. Aparentemente, todo está bien. Pero notas que la sonrisa de una persona no es del todo sincera. Percibes que otra persona no para de interrumpir. Observas a una pareja intercambiando miradas cortantes. Ves que alguien se esfuerza demasiado por caer bien. Y tú estás ahí asintiendo, sonriendo. Pero por dentro los estás sosteniendo a todos. Y no te lo estás inventando. Lo estás percibiendo.
Después de un tiempo, casi sin darte cuenta, empiezas a hacer algo bastante razonable. Reduces la exposición. Menos salidas, menos amigos, más tranquilidad.
Esto nos lleva al segundo rasgo.
MEJOR SOLO QUE MAL ACOMPAÑADO.
Las personas empáticas con pocos amigos no odian a la gente.
Odian la superficialidad y en esto hay un matiz importante.
Anhelan conexión, pero no pueden lograr el tipo de conexión que necesitan si eso requiere fingir.
Charlas triviales. Amistades basadas en chismes. Bromas que ocultan crueldad. Vibraciones que esconden evitación.
Puedes sentir tan fácilmente cuándo una conversación es real y cuando es solo ruido.
Así que, aún estando rodeado de gente puedes sentirte profundamente solo porque tu sistema te dice con claridad: esto no es intimidad. Es mera actuación.
Cuando tienes muy alta sensibilidad haces algo que los demás no entienden.
Eliges la soledad en lugar de fingir pertenecer. Y esto no se trata de ser mejor que nadie.
Mucha gente aprende a ser superficial porque eso les ayuda a sobrevivir a su propio dolor. Muchas más personas de las que imaginas utilizan la superficialidad como un mecanismo de defensa.
Pero si eres profundamente sensible y empático tu cuerpo (y todo tu ser) rechazan la versión superficial de la conexión. No es que busques la perfección. Pero sí quieres honestidad, aunque sea un poco. Aunque sea tan solo una gota. Y cuando no la encuentras, empiezas incluso a pensar que tal vez no estés hecho para las relaciones sociales.
Pero la causa podría ser otra. Podría ser que tu sensibilidad te está pidiendo una clase y una calidad diferente de conexión que tu entorno, ahora mismo, no puede ofrecerte.
El rasgo número tres se forjó hace mucho tiempo.
EL ROL DEFENSIVO.
Muchas personas empáticas se convirtieron en buenas, dóciles, en aquellas que nunca causan problemas y que lo comprenden y lo perdonan todo.
Esto puede parecer muy sutil, pero moldea toda tu vida entera porque si fuiste recompensado por tener pocas o nulas necesidades, puedes convertirte en un adulto que se avergüenza de tener necesidades. O que no conoce sus necesidades en absoluto.
Te vuelves increíble para dar. Escuchas, apoyas, respondes rápido, estás disponible, recuerdas detalles, haces que la gente se sienta reconocida y puede que, incluso, te sientas muy orgulloso de todo esto porque no deja de ser un conjunto de hermosas y nobles cualidades humanas. Pero aquí está la pregunta que lo cambia todo ¿Eres capaz de recibir?
¿Puedes dejar que alguien esté ahí para ti sin sentirte culpable? ¿Puedes dejar que alguien te acompañe? ¿Te cuesta pedir ayuda o decir que no estás bien? ¿Te suena muy típico de ti el exceso de indulgencia y auto-contención emocional?
Si alguien se preocupa y te pregunta cómo estás, la mayoría de las veces respondes «estoy bien, no te preocupes». Porque recibir te hace sentir inseguro y, así, las amistades se vuelven unilaterales. Te conviertes en el refugio emocional de los demás mientras tu propio mundo interior permanece cerrado a cal y canto.
Luego te cansas, no porque no ames a las personas, sino porque sigues abandonándote a ti mismo dentro de cada relación y, en algún momento, tu sistema nervioso dice: ‘Basta. Hasta aquí.’
Ahora, imagina otra escena. Alguien te envía un mensaje, ¿cómo estás? Y sientes que aparece ese rol tan familiar de quien ayuda, del estable, del disponible, del eficiente. Así que escribes: «Bien». Incluso cuando no es verdad. Incluso si estás sintiendo estrés, soledad o dolor.
Y lo haces suficientes veces como para empezar a sentir que, en realidad, nadie te conoce.
Pero la verdad más profunda podría ser que te has entrenado muy bien para esconderte.
Aquí es donde muchas personas empáticas altamente sensibles se quedan atrapadas.
Confunden ser necesitadas con ser amadas. Porque cuando eras mucho más joven, tal vez el único momento en que sentías verdadera conexión era cuando eras útil, cuando estabas tranquilo, cuando eras agradable y cuando no pedías demasiado. Inconscientemente eliges amistades en las que puedas desempeñar ese mismo rol y todo te resulta muy familiar hasta que te sientes solo y vacío.
El rasgo número cuatro explica por qué acabas teniendo tan pocos amigos incluso cuando lo intentas y lo necesitas.
LÍMITES DE AUTOCUIDADO.
Las personas empáticas a menudo no explotan. No gritan. No dramatizan. Simplemente toman distancia. Desaparecen. La gente lo suele llamar ‘ghosting’. Pero para una persona empática y sensible, muy a menudo, es el último límite del sistema nervioso porque sin darte cuenta y por inercia toleras, entiendes, racionalizas, das oportunidades. Te dices a ti mismo: «Quizás no lo decían en serio. Quizás estoy siendo demasiado sensible.» Pero te agotas de los comportamientos de afrontamiento y buscas alivio. Ya no piensas «Quizás debería dejarlo pasar». El patrón se repite. Las pequeñas invalidaciones, las sutiles faltas de respeto, las bromas que hieren, la sensación de que tus límites son una sugerencia pero nunca una realidad. Algo dentro de ti se cierra lenta y silenciosamente. Dejas de responder tanto. Dejas de iniciar las conversaciones. Dejas de estar presente. Dejas de estar disponible. Y, claro, la otra persona se siente confundida porque nunca sintió lo que tú sentiste. No sintió la tensión en tu cuerpo después de cada interacción. No sintió tu caída de energía en cada conversación. No sintió tu cálculo interno ¿Cómo mantenerme amable y, a la vez, evitar que me hagan daño? Entonces te dicen: «Cambiaste». Y tú piensas: «No cambié. Por fin me escuché a mí más que a ti».
Tu sensibilidad no es un problema.
El problema aparece cuando la sensibilidad vive dentro de un sistema que no aprendió a poner límites. O dentro de un sistema donde, aunque pongas límites, nadie los respeta.
La sensibilidad sin límites desencadena en dolor.
Pero la sensibilidad con límites se convierte en sabiduría.
Ahora, el rasgo número cinco. El que hace que todo lo demás tenga sentido.
CONEXIONES GENUINAS Y EMOCIONALMENTE SEGURAS.
Las personas empáticas con pocos o ningún amigo a menudo no quieren muchas personas a su alrededor. No quieren popularidad ni contacto constante. Lo que quieren es una conexión segura. Una conexión segura es aquella donde el sistema nervioso pueda descansar, donde el silencio no sea castigado, donde la honestidad no sea objeto de burla, donde tus emociones no se traten como una molestia, donde no tengas por qué actuar.
Como las personas que ofrecen conexiones seguras son bastante escasas has aprendido a elegir la soledad para evitar el dolor y la incertidumbre.
A veces, la soledad de las personas empáticas y sensibles no solo tiene que ver con los demás.
A veces se trata de la memoria implícita y de las historias escritas en el cuerpo y hasta de una creencia protectora dentro de ti: «Si soy completamente yo mismo, seré rechazado o castigado.»
Entonces, mantienes esa parte de ti mismo oculta. Incluso de personas amables. Incluso de posibles amigos. Porque tu sistema sigue esperando siempre, por estadística, el mismo resultado.
Por eso muchas veces puedes estar rodeado de gente y, aun así y más que nunca, sentirte solo.
No porque no seas digno de amor o porque seas antisocial, sino porque tu autenticidad ha estado resguardada durante demasiado tiempo.
***
¿Qué se puede hacer con esto? ¿Cómo mantener tu sensibilidad sin terminar aislado?
Puede haber un camino muy práctico. Simple. Para nada dramático.
Primero, debes dejar de avergonzarte de tu necesidad de aislamiento y recuperación.
Si eres sensible, asume que necesitarás tiempo de inactividad.
No es ningún defecto de tu personalidad. Es pura fisiología.
Segundo. Intenta practicar lo que se llama: pequeña honestidad.
Nada de grandes confesiones, confrontaciones intensas, grandes verdades ni sincericidios.
«Estoy un poco abrumado hoy. Me encantaría verte, pero solo puedo un rato.», «Ese chiste no me sentó bien», «Necesito un poco de espacio. No se trata de ti.»
Estas parecen (pero no son) simples frases. Son pruebas. Las personas emocionalmente inseguras para ti, si les dices eso, te castigarán. Te harán sentir culpable. Se burlarán de ti. Se alejarán. Te harán sentirte dramático. Te harán sentir tus necesidades como un problema. Pero, las personas que pueden ofrecerte una conexión segura harán algo muy diferente. Te respetarán. Te comprenderán. Se adaptarán. Darán pequeños pasos hacia una conexión real. Se mantendrán amables. Las personas emocionalmente seguras no te castigan por tener un sistema nervioso sensible. Ni por poner límites. Si necesitas descansar, no te avergüenzan. Si necesitas honestidad, no te atacan. Si necesitas espacio, no te manipulan. Ni te obligan a ganarte su respeto.
Un punto práctico más.
Si eres empático y sensible y tienes pocos amigos, hazte esta pregunta la próxima vez que pases tiempo con alguien con quien dudas de si puede ofrecerte una conexión emocionalmente segura o no. No te preguntes, ¿le caí bien? ¿me desempeñé bien? ¿le causé
Sino ¿Fui más o menos yo mismo en su compañía?
Tu cuerpo te dirá la verdad. Y lo hará mucho más rápido que tu mente.
Si te sientes más ligero, más claro, más tranquilo y más centrado, presta atención.
Si te sientes tenso, culpable, confundido y agotado, presta atención también.
Tu cuerpo es el lugar donde tu historia habla.
Es importante que puedas replantear la situación de una manera que no ofenda tu dolor.
Si tienes pocos o ningún amigo ahora mismo, puede que no signifique que hayas fracasado.
Puede que signifique que dejaste de traicionarte a ti mismo.
Y eso no es fracasar. Y tampoco es el final de la historia. Sino el comienzo de una historia mejor. Una historia en la que te eliges a ti mismo, poco a poco. Donde dejas de confundir ser necesitado con ser amado. Donde dejas de ver tu sensibilidad como una debilidad y empiezas a tratarla como una emisora fiable de señales. Donde dejas entrar a menos gente. Pero las personas que entran ya no te cuestan tu paz ni tu equilibrio.
Así que si eres una persona empática y sensible con pocos o ningún amigo, no te apresures a preguntarte porqué.
En cambio, intenta esto: Respeta lo que tu sistema nervioso ha estado protegiendo.
Y luego, con suavidad, muy lenta y compasivamente, practica dejar que las personas seguras demuestren su valía a través de la constancia y el respeto, no de la intensidad.
La verdadera conexión que necesita una persona empática y sensible no es ruidosa. No es forzada. Es tranquila. Te hará sentir que puedes respirar. Y que estás a salvo.
Cuando finalmente experimentes ese tipo de conexión, quizás con una única persona, o tal vez con dos, te darás cuenta de algo que lo cambiará todo.
‘No necesitas más personas a tu alrededor.
Necesitas personas con las que poder ser tú y, aún así, sentirte seguro.’
Dr. Gabor Maté
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